Notas personales sobre cine, temas animalistas y proyectos audiovisuales
Por: Nicolás Román Borré
"Hace siglos que los hombres desperdician su precioso tiempo indagando menudencias de los hechos ocurridos al Maestro. Mientras tanto, descuidan y no practican sus admirables enseñanzas de redención moral y espiritual"
Ramatís
Debo confesar que no esperaba nada de la tercera cinta de Mel Gibson, especialmente después de la excesiva antesala que realizó con el Papa, la postergación del lanzamiento internacional del fime y las amplias justificaciones relacionadas con las intenciones religiosas de la película.
Creo que allí recayó el problema, ¿cómo desligar una obra que centra su historia en Jesús de Nazareth, de la fe religiosa que él representa?. Igual aconteció en el pasado, cuando Martin Scorsese fue excomulgado por llevar a la pantalla grande la novela "La última tentación de cristo" de Nikos Kazantzakis o el canadiense Norman Jewison por su versión operática de "Jesuscristo superstar".
Sin embargo esa dificultad artistica, paradojicamente se convirtió en el mayor acierto de Gibson, ya que al respetar el texto bíblico de manera rigurosa, sumado a su cándido fervor religioso por el mítico nazareno, le permitió realizar una producción de alto nivel.
Pero apreciar "La pasión de cristo" no es tarea fácil, por el contrario, es extremadamente doloroso, con dificultad el espectador logra contener la emoción sin apartar el rostro del lienzo blanco, de hecho, es un ejercicio que requiere cierta madurez óptica. El ojo no acostumbrado a escenas fuertes puede salir lesionado de la sala debido al marcado naturalismo cinematográfico, las tomas de golpes, latigazos y actos de violencia contra Jesús son de una verosimilitud tal que provocan exactamente lo que el director quiso, repudio y compasión en extremo.
Dichas laceraciones son recreadas durante la gran mayoría del largometraje con una descripción casi sádica, la precisión del cuadro fílmico abarca toda la gama de dolor, la respiración cesa por momentos cuando el sublime peregrino es agobiado por el interminable conteo de los flagelos, la coronación onerosa de espinas o el crítico momento de los clavos perforando la carne en la crucificción.
Las virtudes audiovisuales del filme -además de la pasión del director- se basan en un cúmulo de factores que enriquecen la cinta: en primera instancia, la negación convencional del inglés como lengua, utilizando para ello el arameo y el latín vulgar, es decir, el que se hablaba históricamente en la Palestina antigua.
Segundo, en la fuerza interpretativa de Jim Caviezel, Mónica Bellucci y la brillante actriz rumana Maia Morgenstern, pero sin duda el ingrediente visual más elaborado es la exquisita ambientación fotográfica de Caleb Deschanel, quien utilizó su cámara como el pincel del italiano Michelangelo Amerighi -el gran "Caravaggio"- genio de la luz y oscuridad del Barroco.
No dudo el éxito que la película tendrá en el público, pero sería importante rescatar el motivo íntimo que señaló Mel Gibson en su lanzamiento: "Deseo que esta historia de valor y sacrifio inspire tolerancia, amor y perdón en el mundo de hoy"... por ahora, dos milenios después de la muerte de Jesús nadie parece enteder su hermosa frase: "
Ama al prójimo como a ti mismo".