Notas personales sobre cine, temas animalistas y proyectos audiovisuales
Por: Nicolás Román Borré
Para Alsino
Ser cineclubista te permite un contacto inusual con el espectador, con el tiempo, uno se vuelve amigo o cómplice de aquellos a quienes en principio estaba orientada nuestra labor. Hay de todo, desde la persona ignota que te abraza calidamente y te dice: "¿qué más viejo Nico?", hasta el moralista que insulta tu mamá por exhibir Saló o los 120 días de Sodoma de Pier Paolo Pasolini.
Esta pasión enfermiza de mostrar algo que consideramos digno, varía en cuanto a su contenido, de acuerdo al espacio utilizado. Si estamos en un Museo, Universidad o Cinemateca, tenemos una libertad de programación que oscila entre lo clásico y el ladrillo, es decir, podemos incluir la filmografía restaurada de David W. Griffith, hasta realizar un ciclo de directores de la Polinesia en la década de los años veinte.
Si el cineclub se funda al interior de un colegio, no puede faltar Ulises de Mario Camerini, interpretado por Kirk Douglas, Silvana Mangano y Anthony Quinn, después vendrán, una serie de adaptaciones literarias o históricas, casi siempre las mismas: Hamlet, Los diez mandamientos, Crónica de una muerte anunciada, y Los miserables.
Pero las experiencias humanas más enriquecedoras que guardo en mi memoria, provienen de los sectores populares de Cartagena de Indias, es allí, en el barrio, donde uno se da cuenta que miles de personas jamás han entrado a una sala, y que para ellos, la magia del séptimo arte es como un milagro luminoso.
Esas proyecciones gratuitas de los fines de semana, me permitieron conocer de cerca algunas realidades sociales que yo meramente sospechaba, además, lugares en donde la esperanza está ausente del diario vivir.
Fue en las zonas desfavorecidas que aprendí que es posible vender un cuarto de limón, y que mil pesos puede considerarse casi como una fortuna. Sin embargo, en esos sectores nunca faltó una mano amiga que en medio de la función me ofreciera una chicha de guayaba -fíada con seguridad- en la tiendita del cachaco.
La experiencia adquirida demuestra que las cintas de Bergman, Tarkovski, o Fellini, son imposibles por dichas tierras; al contrario, las silentes de Charles Chaplin y Buster Keaton, en compañía de los filmes de animación, tienen un éxito inimaginable.
Antes de organizar una exhibición en la calle, hay que visitar al Presidente de la Acción Comunal, o en su defecto, a la líder cívica más carismática. Lo anterior garantiza dos cosas: la primera, es que no te roben el equipo, y la segunda, soluciona el problema de la conexión eléctrica.
Algunos prefieren llevar la pantalla y las sillas, en conclusión: lo necesario; pero eso crea un cierto resentimiento en la comunidad, porque no se sienten partícipe del proyecto. Así que la prudencia aconseja decirles que se consigan un lienzo o una pared blanca -en general termina siendo una sábana o un mantel de mesa- y que cada asistente traiga donde sentarse.
Parece mentira, pero el mejor público no son los niños como se cree, sino las madres de familia, ellas escuchan toda la carreta que uno dice y se acercan al final para dilucidar sus inquietudes. La mayoría de los pelaos están superinteresados en la imagen y cómo salen las figuritas por el lente, más que en la historia misma, muchas veces, tenemos que quitar algunas cabezas, que con obstinación científica ingresan al haz de luz de manera sistemática.
El afecto sincero prodigado por los habitantes de mi ciudad, es un reflejo del amor por el celuloide que reune almas por doquier, que estimula sentimientos, sonrisas y a veces lágrimas, pero sobre todo, que puede cambiar realidades e inspirar sueños.
Uno de esos sueños todavía ronda en mi cabeza... un día después de haber pasado Kirikou y la hechicera, un morenito de cuatro años me tomó por la camiseta y susurrándome al oído me dijo: "yo quiero hacer películas".