Notas personales sobre cine, temas animalistas y proyectos audiovisuales
Por: Nicolás Román Borré
"En Colombia no hay cine, hay películas"
Luis Ospina

Cuando una cinematografía tan impredecible como la nuestra, produce una veintena de films que se estrenarán en éste venturoso 2005, el júbilo que embarga el ambiente cinéfilo parece romper las cadenas de todas las tentativas de un supuesto surgimiento del cine patrio.
Es paradójico como en un siglo de existencia, las plumas ilustres de la crítica siguen hablándo de abortos cinematográficos, es decir, cada vez que hay una obra de cierto nivel, tenemos una euforia inicial que nos conduce a la sentencia: "nació el cine nacional", para después lamentarnos de ese conato. Así sucedió cuando Julio Luzardo rodó "El río de las tumbas", Francisco Norden "Cóndores no entierran todos los días", Víctor Gaviria "Rodrigo D, no futuro", Jaime Osorio "Confesión a Laura" y Sergio Cabrera "La estrategia del caracol".
Ni hablar de la verdadera génesis en la realización de largometrajes, ya que ella provino de creadores del viejo continente. De Italia, el cineasta Floro Maco y los hemanos Vicenzo y Francesco Di Doménico, de España, Máximo Calvo y Alfredo Del Diestro con su célebre "María", inspirada en la novela de Jorge Isaacs.
Lo cierto es que con reiterada obstinación seguimos negando y lamentándonos sobre el contenido y la calidad de las producciones que hemos realizado. A juicio del investigador Carlos Álvarez, el problema es la ausencia de un estudio de viabilidad: "Al cine colombiano le ha faltado, entre otras cosas, una seria reflexión sobre su condición. Haberse puesto a pensar qué clase de cine era factible y necesario en un país como Colombia, subdesarrollado, dependiente y capitalista atrasado. Pero lo cierto es que esta reflexión ha estado siempre ausente".
Según su acostumbrado tono corrosivo y pesimista, Fernando Vallejo declara: "La historia del cine colombiano es la historia de un fracaso", pero aunque parezca cruel la afirmación de Vallejo, e incluso excesiva la de Ospina, son relativamente ciertas. No al extremo de negar el cine nacional (que es la idea heredada de Hernando Salcedo Silva, Luis Alberto Álvarez y Juan Diego Caicedo) porque el cine criollo, a pesar de sí mismo, respira.
Ahora bien, desde hace mucho tiempo hay cine en Colombia, pero la verdadera carencia es de una industria cinematográfica sólida y duradera. Paradojicamente la única entidad -a pesar de todos los errores que cometió- similar a una gran productora es FOCINE, y gracias a ella, Carlos Mayolo, Camila Loboguerrero, Sergio Cabrera, Luis Fernando "Pacho" Bottía, Roberto Triana, Fernando Laverde, Víctor Gaviria, Luis Ospina, Jorge Alí Triana, Lisandro Duque, Heriberto Fiorillo, Ricardo Cifuentes, Clara María Riascos, Martha Rodriguez, Gloria Triana y Jorge Ruíz, lograron filmar y persistir en la idea de una identidad audiovisual autóctona.
Anteriormente todas las tentativas previas de hacer películas sobre el costumbrismo de la nación, recibieron una pauperrima aceptación por nuestros conciudadanos, respondiendo los espectadores con flácidas entradas, salvo: "Allá en el trapiche" de Roberto Saa Silva, pasando por "Raíces de piedra" del español José María Arzuaga, "Un ángel de la calle" del mexicano Zacarías Gómez Urquiza, hasta llegar a la sorprendente taquilla de "El taxista millonario" de Gustavo Nieto Roa.
La empresa privada tampocó ha socorrido al cine patrio, mezquina en toda la amplitud del término, se sustrajo miserablemente a todo tipo de participación cultural, al igual que la gran mayoría de los congresistas y dirigentes políticos; por lo tanto -y durante mucho tiempo- el dinero de la mayoría de las obras realizadas en éste país, fueron resultado de la venta de unas cabezas de ganado y la fínca del director, o con los ahorros de toda una familia.
Por eso sostengo que FOCINE fué vital en su momento, porque a partir de los años ochenta el rostro fílmico se tornó más cercano y pertinente. Latimosamente la burocracia corrosiva dejó en despojos esa unidad del Ministerio de Comunicaciones, y con su extinción, parecía no tener rumbo esa generación de cineastas.
Como a Rey muerto, Rey puesto, surgió al interior del Ministerio de Cultura la Dirección de Cinematografía (curiosamente funciona en las mismas oficinas de FOCINE) pero ella no cumplió con la expectativas generadas, por el contrario, tiene un presupesto inferior al que proponía en su momento el Presidente Belisario Betancurt.
En el jolgorio de ésta avalancha de producciones y antes que mis amigos de la revista Kinetoscopio se les dé por bautizar con melódicos adjetivos la nueva vertiente creadora, permitanme decirles, que lo que estamos presenciado es una feliz y hermosa coincidencia; porque entre el imaginario de Víctor Gaviria, Antonio Dorado y Ciro Guerra, no hay nada en común. Todas esas cintas que se estrenan en los próximos meses, obedecen a la voluntad personal, al trabajo y al esfuerzo de un grupo de soñadores, que vierten de manera profunda sus obsesiones en la frágil superficie de un rollo foto-sensible y que abren el sendero de un cine que desde hace lustros grita que existe, pero nadie le escucha.