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Frases

 

 

"Después de todo,
el cine es el único sueño
que se tiene con los ojos abiertos"

Eliseo Subiela

 

 

"El hecho simple de

que mi perro me quiera más

que yo a él, constituye una

realidad tan innegable, que,

cada vez que pienso en ella,

me avergüenzo.


El perro está siempre

dispuesto a dar su vida por mí.


Si yo hubiera sido atacado

por un león o un tigre,
Ali, Bully, Tito, Staci y todos

los demás habrían afrontado

la desigual batalla,

sin titubear ni un instante,

para defender mi vida,

aunque sólo hubiera sido

por unos momentos.
¿ Y yo? "

Konrad Lorenz
Premio Nobel de Medicina 1973

 

 

"A fuerza de ver películas

y de amarlas
se tiene el deseo de realizarlas.


Ya no se va a la sala por azar,
sino con la voluntad de hacer cine"

François Truffaut

 

 

 

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29 septembre 2011 4 29 /09 /septembre /2011 09:47

  THE-LITTLE-FUGITIVE.jpg

 


Por: Nicolás Román Borré

 


Recibí muchas veces la invitación del cineclub anarquista, pero la temática de su programación se apartaba un poco de mis gustos cinéfilos. Llegué al bar -mejor dicho, al garaje- con un sentimiento contradictorio, ya que sabía por los afiches que allí programaban cine gore, cine B, e incluso cine C -del cual desconocía su existencia-.

 

A menudo proyectaban los títulos de Demofilo Fidani bajo el pseudónimo de Miles Deem,  cintas de Carlos Aured, George Andrew Romero y Kenji Misumi… mucho cine zombie, horrores con salsa de tomate en afluentes y filmes sugestivos como Jesus Christ Vampire Hunter.

 

Lo que me hizo ir aquella noche, fue una proyección (1) sobre el golpe que derrocó al gobierno legítimo de Manuel Zelaya en Honduras y un debate sobre las implicaciones de los estadounidenses en la maniobra.

 

Era mi primera visita a un espacio anarquista marsellés, por lo tanto dicho garaje se constituyó en una ventana real de las teorías del pensador Piotr Kropotkin. Estaba decorado con pinturas góticas que mezclaban desnudos encadenados; muros oscuros; estantes repletos de cuadernillos contra la opresión estatal; diversos manuales para liberarse del yugo social y efectuar una revolución inmediata; una hilera de computadores libres para surfear y hackear; una completa plataforma acústica; un estudio de televisión aficionado con fondo verde; una cámara Sony PD 170 y otra Panasonic AG 200; mucha ropa, buzos y abrigos para quien los necesite; y finalmente, una pancarta gigante que decía: Todo es gratis, sírvase.

 

Entre los panfletos subversivos que hojeaba, me interesé en aquellos con tendencia ecológica; me estacioné un rato para leer en ese rincón, cuando de repente, una mano perfumada con Santalum tomó un ejemplar similar al mío y me advirtió su presencia. La vi y quedé estupefacto. Imposible no admirarla: pómulos de nácar, labios góticos, cabello punk, un escote más osado que el de Maila Nurmi en su personaje de Vampira y que hacía resaltar la perfección de sus senos. Un vestido negro ceñido al límite de la indecencia y un cuerpo que gritaba al mundo la exuberancia sensual de la naturaleza.   

 

Increíblemente hermosa -y ella lo sabía-, su rostro estaba adornado con un piercing en la nariz, que le daba un aire de Lisbeth Salander, como el personaje de Stieg Larsson. Esta elfina irreal de Millennium se volvió muy carnal cuando me dirigió la palabra: "Dímelo todo" -dijo-, pero yo no respondí. Después de verla andaba en otra dimensión, para ser exacto, tarareaba en mi cabeza Marie de Damien Saez:

 

T'es trop jolie, Marie

bien plus jolie que Paris, Marie

bien plus belle que la nuit

plus jolie qu'Arletty

plus jolie que Les enfants du paradis.

Et puis t'es si bonne, Marie

avec tes seins qui pointent

comme les cathédrales

on dirait Notre-Dame

on dirait les pyramides. (2)

 

Ella repitió más fuerte: "¡dímelo todo!". Por su tono comprendí que no se trataba de coquetería, era un reto intelectual, directo, un grito de combate, lejos de cualquier imaginario carnal.

 

La chica tenía veinte años como máximo, sus hormonas revolucionarias, ávidas de ideas frescas, se paseaban entre los asistentes para calmar su sed de injusticia social. En sus ojos se leía el hambre de lucha y yo era simplemente el tipo de turno.

 

Le hablé de las frustraciones de la izquierda en el viejo continente; de sus fracasos -que también son nuestros-; sobre la complejidad de definir una vertiente progresiva de un país al otro, como es el caso de los Estados Unidos; acerca de la fosilización del partido comunista; del olvido de la Internacional en el siglo XXI y del mito Trotskista; sobre el anarquismo colectivista; cité a Sébastien Faure, Pierre-Joseph Proudhon y el anarcosindicalismo.

 

Ella esbozó una ligera sonrisa y, antes que dijera algo, aproveché para dar inicio a las hostilidades dialécticas. Pregunté: ¿cómo es posible pagar por asistir al cineclub, si en teoría todo es gratis aquí?, además, si el aporte es libre ¿por qué en la entrada me pidieron tres veces: "¿podría dar un poquito más?".

 

Durante una fracción de segundo dejó de ser perfecta, su rostro tuvo un rictus, sus pupilas se contrajeron... el enfrentamiento que ella deseaba podía comenzar.

 

La punketa esgrimó su florete con talento y atacó cada una de mis frases sobre la izquierda -salvo la del partido demócrata estadounidense- (3). Para ella, como paratodo anarquista que se respete, ningún partido político merece consideración, ya que dichas vertientes democráticas están a años luz de los cambios estructurales requeridos.

 

Confesó entusiasta su intención de acompañar el movimiento revolucionario que enaltecía el documental sobre Honduras y defendió la manera en que el cineclub anarquista reunía fondos para la batalla contra el imperio de la imagen comercial. También criticó los cineclubes que exhibían películas de Ingmar Bergman y las salas de cine arte que ella consideraba esnobistas.

 

Sinceramente, no supe si ella era ingenua o yo me había aburguesado… mientras la doncella soñaba con acompañar al pueblo hondureño en su lucha, mi único anhelo después de la función era que mi esposa me diera un masaje en la espalda. ¿Quizás eso era el fruto de las contiendas perdidas?, ¿tal vez la edad?, ¿de pronto los ideales que cedían frente al conformismo del primer mundo?

 

Sin embargo, la anarquista tenía razón, en lo referente a la "pasividad" de la labor cineclubista, frente a las situaciones políticas de urgencia que nuestras cintas denuncian; ya que los cineclubes, si bien son entes subversivos del mensaje audiovisual, requieren de tiempo para cultivar un público crítico y potencialmente comprometido.

 

Pero lo que no podía aceptar, desde ningún punto de vista, era la tesis de una organización que programa sin escrúpulo: El retorno de Walpurgis, Hanzo la cuchilla, Karzán el amo de la jungla y Danger: diabolik!, manifestando un tal repudio por el trabajo de los cineclubes convencionales y por los espacios alternativos no comerciales.

 

Si un cineclub, por curiosidad cinéfila, exhibe El espanto surge de la tumba, o una retrospectiva del cine Trash, está en todo su derecho. Pero de allí a menospreciar los cineclubes que proyectan Metrópolis, Hiroshima mon amour o Nostalgia de la luz, con el simple argumento de que la obra no es lo suficientemente "original"... entonces, considero que algunas personas no han comprendido la verdadera esencia de la labor cineclubista.

 

Esa noche salí del garaje bastante ofuscado, por instantes ponía en tela de juicio las calidades estéticas, históricas o sociales de un filme, como prerrequisito para ser incluida en las actividades de un cineclub. Igualmente, me acordé de un cineclub de la Universidad Nacional de Bogotá, que había programado un ciclo pornográfico pero "justificado" por la calidad de los invitados a los fórums: sexólogos, sociólogos, líderes feministas y psicólogas. 

 

En los días siguientes continué reflexionando sobre los parámetros cinematográficos de programación, cuando por pirueta del destino recibí, vía correo electrónico, la invitación de un cineclub clandestino. El mail parecía un telegrama de la resistencia de la segunda guerra mundial, ya que no tenía remitente, los datos eran escuetos y había una nota en itálica: entrar por la puertica.

 

La primera vez que asistí a ese cineclub, fue un viernes de un otoño bastante gélido, pero la excusa de salir a la calle en esas condiciones me la brindó Vania en la calle 42, la última película de Louis Malle inspirada en una pieza de Antón Chéjov.

 

Aquella noche caía una espesa neblina estilo londinense y me estaba congelando afuera, ya que no encontraba la susodicha puertica. Minutos después, una parejita de enamorados pasó a mi lado y los vi abrir -asombrado- lo que parecía una central de redes telefónicas que estaba incrustada en la pared, pero que finalmente resultó ser un portillo que conduce a un subsuelo.

 

Los seguí apremiado, descendiendo  una minúscula escalinata bajo la penumbra, hasta que me encontré solo -los novios habían desaparecido- en una especie de sótano rodeado de sillas, cojines y trastos viejos.

 

En el lugar no existían afiches o folletos de la función que indicaran una actividad cinéfila; del lado derecho, estaba estacionado un piano que vibraba con melodías de otra época; un enorme afiche de la U.R.S.S. se aferraba con las uñas en el cielo raso; en el fondo, había una barra que debió amenizar muchos cócteles pero que visiblemente pasó a mejor vida; finalmente, subiendo unos escalones, noté cientos de canastillas de huevos y botellas para reciclar que esperaban una mano bondadosa para ser reutilizadas.

 

La temperatura del subterráneo estaba lejos de ser agradable, era glacial, la bóveda estaba deshabitada, los que seguí se esfumaron y para rematar alguien apagó la bombilla. Quedé un buen momento en la oscuridad, pensando en qué clase de antro había desembocado... decidí entonces aventurarme -golpeándome de paso con las sillas- y caminé a tientas hasta el rincón más lejano siguiendo un eco musical.

 

Después de subir una escalerita de caracol, emergí a un salón ornamentado con afiches de teatro y gatos bucólicos que dormían en los sillones marcados por sus garras. La canción que alborotaba el ambiente era la famosa "Antisocial" del grupo de hard rock francés Trust, canción que siempre ha sido un hito anarquista, con su famosa frase: Tu bosses toute ta vie pour payer ta pierre tombale (4).

 

Pensaba qué variedad de punketos iba a encontrar, cuando alguien subió el volumen del equipo de sonido en la mejor parte de la canción: Antisocial, antisocial, antisocial, antisocial...  oí un frenesí de gritos que al unísono gritaron: ANTISOCIAL; luego un corto silencio y un fuerte bramido eufórico en solitario: ANTISOCIAAAAAAAAAAL.

 

Sentí temor. Yo, que tuve un bar de rock. Yo, que siempre me creí de izquierda progresista. Yo, que como cineclubista había arriesgado mi sueldo -siempre a pérdida- para poder pagar el alquiler de las cintas en 35 mm que exhibíamos. Vacilé, lo confieso, quise devolverme, bajar la escalerita, recoger mis pasos, salir por el portillo con cara de central de redes telefónicas, irme a tomar un café y regresar a casa.

 

Mi reflexión se interrumpió por el primer antisocial que, muerto de risa, irrumpió en la sala con una botella de vino tinto en la mano y unas mejillas tan coloradas como el tibio elíxir de los viñedos. "Hola" -dijo-, respondí la cortesía algo desconcertado, él se acercó y me preguntó "que si venía por el filme", -claro- ratifiqué... él se puso como metralleta a recitarme detalles sobre Vania, que David Mamet escribió el guión, que se basa en una obra de Chéjov, que ¿quién no hace una buena producción así?

 

El perfecto francés con sus entonaciones en vaivenes, disimulaban la embriaguez del vino, su conocimiento cinéfilo era más que envidiable, sus canas me hacían suponer un hombre cercano a los 60 años y su indumentaria sobria y libre de signos particulares, sosegaron mis temores de encontrar una horda de punketos afiebrados o de piratas informáticos.

  

Luego conocí a los otros miembros del grupo, todos "absolutamente normales", -creo que el único anormal presente es quien ahora escribe-; la mayoría de los asistentes provenían del mundo científico y de países disímiles: Francia, Italia, Polonia, Holanda, Inglaterra, Australia y un tipo de Venezuela, extremadamente simpático, buena gente, quien resultó ser el coordinador del proyecto cineclubístico.

 

La clandestinidad del cineclub tiene su génesis en el hecho de presentar a menudo copias sin autorización, por ello esa especie de misterio alrededor de la proyección y la falta de difusión en los medios tradicionales. Pero, la particularidad de este espacio no se limita únicamente a su "ilegalidad", en muchos aspectos es intrépidamente original: es un cineclub sin nombre, carece de ciclos temáticos, ausencia de impresos y una programación que varía según el presentador de turno.

 

Los subrepticios se dan cita dos veces por mes en dicho subsuelo, bajo criterios bien precisos: cada socio es responsable de una noche de proyección, la persona así designada escoge una película de su afección con la obligación de  defenderla ante el público asistente; igualmente, asume la compra del vino y la elaboración de tartas con el fin de degustarlas al culminar el foro.  

 

Es innegable que la poca publicidad, por razones obvias, hace que el cineclub no pueda realizar una convocatoria abierta a todo el mundo. Además, muchos verán en él una especie de cofradía pequeñoburguesa, donde se ingiere y se discute como pseudointelectuales... pero la realidad es que los gregarios del cineclub fundan su trabajo en dos de los pilares más importantes del cineclubismo: compartir una obra cinematográfica y debatir sobre su validez.

 

Sus integrantes no se limitan a una visión contemplativa e idílica del material fotosensible, verbigracia, para el filme Año 01, que trata del abandono consensual de la economía de mercado -tema de extrema actualidad cuatro décadas más tarde-, el cineclub invitó a un colectivo ambientalista para proponer soluciones contra el sistema financiero y algunas medidas reales tendientes a combatir el productivismo.

Las semanas pasaron y las proyecciones continuaron su ruta encubierta... algunos vinitos, muchos pasabocas, tartas caseras, grandes discusiones bohemias y, sin que me diera cuenta, ingresé a sus filas ilícitas. Ahora yo soy uno de ellos, un cineclubista clandestino, un descarado elemento antisocial.

 

Pero mis viejas inquietudes cineclubistas aún persisten. ¿En dónde quedan los compromisos de izquierda?, ¿qué revolución de la imagen podemos fomentar desde nuestra humilde sala underground?, ¿me habré vuelto un abyecto burgués?

 

Tantos interrogantes con respuestas múltiples rondaban mi psiquis, hasta que me llegó un correo electrónico del cineclub anarquista; ellos habían programado Superargo contro Diabolikus, una "obra de arte revolucionaria" según los autodenominados combatientes del sistema social. El mismo día -y a la misma hora- nuestro cineclub presentaba El pequeño fugitivo, una hermosura estadounidense, que inspiró a todos los realizadores de la nueva ola.

 

Tengo que aceptarlo, si para ser vanguardista, original y revolucionario debo tragarme Superargo contro Diabolikus, entonces no lo soy... asumo mi condición de mediocre pequeñoburgués, ya que prefiero, ser un conformista con una copa en la mano, que aprecia un niño huyendo como fugitivo en Coney Island, que torturar mi conciencia, con un cine al que por defecto le han dado los nombres de vitaminas: B y C. 


 

1- Honduras: semilla de libertad.

 

2- Eres súper linda, Marie / más linda que París, Marie / más bella que la noche / más linda que Arletty / más linda que Los niños del paraíso.

Además eres tan buena, Marie / con tus senos puntiagudos / como catedrales / parecen Notre-Dame / parecen las pirámides.

 

3- El partido demócrata corresponde de manera general a la izquierda norteamericana, pero en términos ideológicos, se encuentra más al oriente que la misma derecha francesa. 

 

4- Trabajas toda la vida para pagar el mármol de tu tumba.


 

 

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commentaires

comprar vino online 12/08/2016 02:07

Me gustó mucho el artículo, a ver si te vemos más por el blog porque desde hace un tiempo que no subes nada y se te extraña... Un saludo

Lenin Cardenas 14/10/2011 02:39



Muy buen articulo, gracias por compartirlo con nosotros.



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