Partager l'article ! La sala vacía: Por: Nicolás Román Borré Lo de arriba procede de lo de abajo, y lo de abajo procede de lo de arri ...
Por: Nicolás Román Borré
Lo de arriba procede de lo de abajo,
y lo de abajo procede de lo de arriba,
obra de las maravillas del uno.
Hermes Trimegisto
Cineclubista que se respete, ha osado en alguna oportunidad una temeraria retrospectiva del cine silente húngaro, soviético, japonés o estadounidense. Tal vez, los carteles anunciaron Berlin
Alexanderplatz de Fassbinder sin intermedios; al igual que una proyección de cualquiera de las interminables obras fílmicas de Andy Warhol.
Lo más seguro es que algunas bombillas del viejo proyector Eiki se quemaron en medio de la función, pero sigilosamente hicimos lo necesario para continuar, muy a pesar de los ronquidos del señor
que viene siempre a dormir al cineclub, o de la ausencia de espectadores.
En el último caso, ¿qué deberíamos hacer si la sala está vacía?... ¿Apagar los equipos?, ¿encender las luces?, ¿o esperar por si alguien más decide venir?... Y si al inicio de nuestra labor no
hay público... ¿No proyectamos?
Yo sé que en este mismo instante, algunos de mis escasos lectores sonríen, porque se vieron confrontados con dicho dilema ético de cancelar un evento. Estamos totalmente de acuerdo en que si bien
el objetivo no es llenar la sala –ya que lo principal es la educación del asistente gracias a los clásicos, o a obras contemporáneas innovadoras–, tampoco es placentero encontrarse con un
auditorio que devuelve el eco de nuestros pasos.
Recuerdo la primera vez que me interrogué al respecto. Aquel día, exhibíamos El nacimiento de una nación, de David W. Griffith, y al finalizar la cinta no había nadie a mi alrededor. Para
ser sincero, un sentimiento de decepción me embargó el alma; una tristeza debida a los grandes esfuerzos que realizamos para presentar esa película, cuya copia nos fue remitida directamente desde
Nueva York.
Yo no comprendía, pues se trataba de algo monumental; hubo incluso un extenso artículo en la prensa local; pegamos afiches por todas las universidades; el suscrito se jaló una súper introducción
digna de Cicerón… Y sin embargo, ninguna persona resistió hasta el final. En la penumbra, yo los veía uno a uno desfilar; huían como si se tratara de algo horrible. Pero guardé la esperanza, ya
que en el fondo del salón, dos asistentes parecieron comprender la importancia histórica del filme.
Ah, ¡pero no!, ¡me equivoqué!, en realidad, no había nadie, estaba solo en el aula, y la cuestión de saber si valía la pena terminar una programación en esas circunstancias rondaba mi cabeza...
Sentí de pronto una mano que se posó cariñosa sobre mi hombro, y escuché un melodioso: “gracias por la proyección”. Levanté ilusionado la vista para apreciar a mi interlocutor, y nada... Miré a
la derecha, a la izquierda, corrí hasta el pasillo y nada, nadie... Un hondo silencio impregnó el recinto, mi piel se puso de gallina, el corazón latió a paso redoblado; mejor dicho, ¡me cagué de
miedo!.
Ya ni me acuerdo si aquella noche aseguré los equipos o bajé las cuñas eléctricas. Lo único que sé, es que en un santiamén estaba caminando por las calles como si nada hubiese pasado, sonriendo
cual pendejo a todos los transeúntes anónimos que tropezaba de regreso a casa. Transcurrieron las semanas diciéndome que eso que pasó eran invenciones mías; que había imaginado todo debido
a que yo estaba cansado de estudiar para un larguísimo parcial de Derecho Civil III; en definitiva, que todo era absolutamente irreal.
No le comenté a nadie –sobretodo para evitar el ridículo–, he intenté seguir mi vida tranquilo, dándole a la lucha cotidiana. Pero la paz sólo duró un tiempito, hasta que nuestro cineclub
acometió un ciclo de cine de los años noventa en el Paraninfo de la Universidad de Cartagena.
Siendo el responsable de las funciones, tenía que verificar una hora antes de cada evento que todo estuviese en orden, hacer las pruebas de sonido, bajar el telón, encender el proyector,
fotocopiar el plegable, etc. Al entrar por la puerta de servicio, me sorprendí porque ya se encontraban allí unos espectadores, pero no les presté mayor atención. Entonces conecté el equipo y, de
repente, me puse a pensar, ¿cómo era posible que ya hubiese público si aún no era la hora?, además, las llaves del auditorio las tenía en mi bolsillo. En consecuencia, volví mi rostro hacia los
asistentes y, de nuevo, me encontré frente al vacío.
La palidez de mi rostro se asemejaba al color de las baldosas del Paraninfo*, y mis manos se pusieron frías... Pero no me moví, quedé inmóvil como cuando jugaba en la infancia a “la estatua”.
Ahora no estaba cagado, ¡más bien petrificado!, si la primera vez yo estaba agotado, era tarde, la cinta –por su ritmo– era difícil de asimilar, ahora no tenía excusa; me encontraba en buena
forma, recién bañado, bien despierto y absolutamente consciente.
Los minutos pasaron y yo seguía rígido. Esperaba que algún camarada del cineclub viniera en mi auxilio. Pero nada, de nuevo nadie a mi lado, se me olvidó hasta como me llamaba... Poco a poco, la
calma volvió generosa, las mejillas recobraron su tonalidad, los músculos se activaron, el cerebro se puso de nuevo en marcha. Entonces, aproveché para salir precipitadamente a tomar el oxígeno
marino y húmedo de Cartagena de Indias, que nos estimula con su olor de caracuchas.
Intentaba poner las cosas en perspectiva. Me decía a mi mismo que simplemente alucinaba; quizá se trataba de un problema freudiano insatisfecho cuando era bebé; alguna neurona con flojera que
enviaba códigos y mensajes erróneos; en fin... Tomé la determinación de no entrar al aula hasta que alguien corpóreo llegase, pero mis reflexiones fueron interrumpidas por una voz que susurró:
“No te asustes, vinimos a ver el filme”.
Yo estudiaba medicina legal y psiquiatría como optativas de la carrera de Derecho; por eso, al reconocer que escuchaba voces, comprendí que existía un problema. Mi subconsciente repetía una y
otra vez: “¡La vaina está grave, viejo Nico!”. Y sin embargo, la racionalidad de mi auto-análisis se esfumó al oir de nuevo a esos compañeros etéreos: “Tranquilo, somos cinéfilos”.
La palabra mágica se pronunció en el momento justo: “cinéfilos”... es decir, eran espíritus amantes del cine –como yo–; la diferencia estaba en que eran de otra dimensión. El asunto me pareció
más coherente, lógico: ellos no vinieron a presenciar mi muerte ni a saldar cuentas conmigo. De suerte que el pánico se esfumó, al igual que sus rostros vaporosos.
Los años siguieron pasando, los ciclos fluían, al igual que las instituciones que nos albergaban: Casa España, Club Cultural Vlad, Aula Máxima, Museo Naval del Caribe, Museo de Arte Moderno,
Bellas Artes, Quiebracanto, Universidad Jorge Tadeo Lozano, Alianza Colombo Francesa, Castillo de San Felipe, Teatros, Centros Culturales, Universidad Libre, Plazas del Centro y una variada lista
de Barrios populares. Éramos un grupúsculo subversivo de la imagen, que se enfrentaba con todas las armas ideológicas del tercer mundo al imperio avallasador del cine comercial. Documentales,
clásicos, ladrillos, trabajos experimentales, conferencias, foros, mesas redondas, artículos, folletos, crónicas, incluso lecturas de poesía fueron integradas en nuestra actividades.
Por eso ahora, cuando se cuestiona la vigencia –o la importancia– de la actividad cineclubística, frente al problema de la falta de público, estimo necesario ilustrar que nuestra labor va más
allá –¡literal y metafóricamente hablando!– del recinto donde proyectamos o discutimos una obra. Ya que en todos esos sitios, sin importar el título de la película, muy a pesar de los primitivos
instrumentos audiovisuales de lucha, a veces sin grandes conocimientos sobre la copia a exhibir, Ellos siempre nos acompañan; Ellos, los incondicionales cinéfilos del mundo astral.
* El Claustro de San Agustín –sede principal de la Universidad de Cartagena– está lleno de historias sobre seres que transitan por sus pasillos. Al hablar con los vigilantes que trabajan por las noches, varias historias de esa índole afloran sin mayores complejos alrededor del Paraninfo. Los colores de las cortinas, baldosas, silletería, son de un ocre claro, con marcada tendencia surrealista.
"Después de todo,
el cine es el único sueño
que se tiene con los ojos abiertos"
Eliseo Subiela
"El hecho simple de
que mi perro me quiera más
que yo a él, constituye una
realidad tan innegable, que,
cada vez que pienso en ella,
me avergüenzo.
El perro está siempre
dispuesto a dar su vida por mí.
Si yo hubiera sido atacado
por un león o un tigre,
Ali, Bully, Tito, Staci y todos
los demás habrían afrontado
la desigual batalla,
sin titubear ni un instante,
para defender mi vida,
aunque sólo hubiera sido
por unos momentos.
¿ Y yo? "
Konrad Lorenz
Premio Nobel de Medicina 1973
"A fuerza de ver películas
y de amarlas
se tiene el deseo de realizarlas.
Ya no se va a la sala por azar,
sino con la voluntad de hacer cine"
François Truffaut