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Frases

 

 

"Después de todo,
el cine es el único sueño
que se tiene con los ojos abiertos"

Eliseo Subiela

 

 

"El hecho simple de

que mi perro me quiera más

que yo a él, constituye una

realidad tan innegable, que,

cada vez que pienso en ella,

me avergüenzo.


El perro está siempre

dispuesto a dar su vida por mí.


Si yo hubiera sido atacado

por un león o un tigre,
Ali, Bully, Tito, Staci y todos

los demás habrían afrontado

la desigual batalla,

sin titubear ni un instante,

para defender mi vida,

aunque sólo hubiera sido

por unos momentos.
¿ Y yo? "

Konrad Lorenz
Premio Nobel de Medicina 1973

 

 

"A fuerza de ver películas

y de amarlas
se tiene el deseo de realizarlas.


Ya no se va a la sala por azar,
sino con la voluntad de hacer cine"

François Truffaut

 

 

 

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28 septembre 2014 7 28 /09 /septembre /2014 10:21
Le Gyptis

Esta sala de cine arte, cuenta con una fachada realizada por el artista JR, a partir de cientos de fotografías de habitantes de Marsella.

http://www.lafriche.org/fr/cinema-le-gyptis

15 septembre 2014 1 15 /09 /septembre /2014 09:13

El 13 de setembre, al Bar Candela Plaça Salvador Seguí (El Raval) i amb la presència d'un dels autors i coordinador del llibre parlarem de cineclubs i de cinema en aquest centenari del cineclubisme.

Organitzat pel cineclub Barcelona Espai de Cinema (BEC).

Cineclub Barcelona Espai de Cinema
7 août 2014 4 07 /08 /août /2014 15:22

Nicolas-Roman-Borre---Hugo-Passarello-Luna.jpg

 

Fotografía de Hugo Passarello Luna (Quai de Célestins – París)

  

Rayuela - Capítulo 84

 

"Vagando por el Quai de Célestins piso unas hojas secas y cuando levanto una, y la miro bien, la veo llena de polvo de oro viejo, con por debajo unas tierras profundas como el perfume musgoso que se me pega en la mando. Por todo eso traigo las hojas a mi pieza y las sujeto en la pantalla de una lámpara. Viene Ossip, se queda dos horas y ni siquiera mira la lámpara. Al otro día aparece Etienne, y todavía con la boina en la mano, Dis donc, c’est épatant, ça!, y levanta la lámpara, estudias las hojas, se entusiasma, Durero, las nervaduras, etcétera. Una misma situación, dos versiones... me quedo pensando en todas las hojas que no veré yo, el juntador de hojas secas, en tanta cosas que habrá en el aire y que no ven estos ojos, pobres murciélagos de novelas y cines y flores disecadas. Por todos lados habrá lámparas, habrá hojas que no veré."

     

Me gusta este pasaje, porque las hojas secas contituyen un universo de señales que la vida nos brinda y que a menudo ignoramos. Igualmente, porque yo filmo los arboles e intento acercarme a esos signos mágicos llenos de "polvo de oro viejo".

Nicolás Román Borré

     

Proyecto:

Estoy trabajando en un proyecto fotográfico sobre los lectores de Julio Cortázar y la relación con París, con motivo de los cien años de su nacimiento.

La idea central es recrear en fotos algunos pasajes del libro Rayuela que mencionen lugares de París. El proyecto es participativo porque invito a los lectores a elegir conmigo un pasaje de Rayuela y luego tomar una foto de ellos en el lugar elegido.

Hugo Passarello Luna

http://www.hugopassarello.com/appel-projet-photographique-sur-julio-cortazar/

 

 

 

20 juin 2014 5 20 /06 /juin /2014 10:54

SCP_4030.JPG

 

En rodaje...

9 novembre 2013 6 09 /11 /novembre /2013 09:07

 

 

Julio Cortázar 

 

 

Frente a la eternidad de la muerte

 

 

Como un mar, alrededor de la soleada isla de la vida,

la muerte canta noche y día su canción sin fin 

Rabindranath Tagore

 

 

Por: Nicolás Román Borré

 

París amanece con escarcha, el césped tiene una delicada túnica blanca y los parabrisas de los autos requieren que alguien les quite el velo de su ceguera. En el hipódromo Longchamp la temperatura es negativa y la capital gala supera el récord de frío establecido a finales de mayo de 1887.

 

El proverbio "En abril no te quites ni un hilo, pero en mayo, haz lo que se te antoje" parece un mal chiste en esta gélida primavera. Rememoro dicho adagio, mientras contemplo asombrado una tormenta de granizo que traza líneas perpendiculares al oriente de la región parisina.

 

Ando en un extraño periplo, en cinco días debo pasar exámenes a Lille, París y Orleans, pero también debo ir a Marne-la-Vallée, Rosny-sous-Bois y Pantin. Todos esos itinerarios, y esas cartografías que se entrelazan, tienen como epicentro la ciudad luz y una visita pendiente al cementerio de Montparnasse.

 

No obstante, entre los trenes, los cambios de ciudad, el tiempo dedicado al estudio y las tentativas infructuosas de controlar el estrés, no tuve la posibilidad de visitar la tumba de Julio Cortázar. Otro año más –pensé–, un decenio en Francia y ni una sola visita al camposanto del sur –¡qué vergüenza! –. Abrí la boca, alcé la lengua, y dejé a las delicadas gotitas de Rescue que me llevaran al universo de Morfeo.

 

Pero el sueño no vino, y cuando se está en un pequeño hotel en las afueras de Orleans el insomnio puede ser algo terrible. Conté ovejas, perritos, gatos, burritos, igualmente conté los rectángulos del techo, me duché, imploré al cielo, pero nada, los ojos de lechuza seguían acompañándome como un bosque iluminado en luna llena.

 

Tenía ojeras de boxeador de tercera categoría, de esos manes que se dan trompadas de verdad verdad, pero que la gente cree que se las dan de mentiras. Debía asustar, ya que me asemejaba a los malos de las películas de Chaplin, que tienen un maquillaje negro en el rostro para exagerar su perversidad.

 

No hay nada más decadente que mirar por la ventana de una posada ubicada al lado de una carretera. No existen paisajes, ni árboles, ni siquiera se pueden identificar los carros... vemos una luz que se aproxima, y ¡brummm!, ya pasó el vehículo. La imaginación no logra establecer una historia, no se puede inventar un cortometraje, ni escribir unos párrafos, ni visualizar unos rostros, es el vacío, la nada.

 

La madrugada avanzaba feroz, mi mano izquierda estaba como una ventosa pegada a la barbilla, mi muñeca tenía calambres y al fin el cerebro –o alguien– me dijo algo interesante: "Cambia el billete y vete a París".

 

Llegué a la capital con varias horas de adelanto y desembarqué en el terminal de Austerlitz. Lo único que había previsto aquel día, era almorzar en un restaurante vegetariano de la calle Bichat, pero ahora tenía a Cronos de mi lado para ir a postrarme en algunos sepulcros. Alegría pasajera. Pronto advertí que el cansancio me produjo una fuerte jaqueca, los nervios hechos añicos me desgastaban y el exceso de calmantes volvió mi percepción irreal. Todo parecía en cámara lenta y veía deformados los contrastes de la ciudad, al igual que los decorados del expresionismo alemán.

 

La miseria está presente en París aunque muchos lo nieguen. Saliendo de la plataforma del tren, una señora con un niño en brazos buscaba el desayuno entre las basuras; una mano desesperada mendigaba en vano una moneda y, encima de ella, un afiche gigante del filme Mayo lindo de Chris Marker realzaba lo absurdo de la situación; bajé las escaleras y, en el torniquete del subterráneo, dos carteristas hacían de las suyas con una turista japonesa; al fondo del corredor, un señor con una perra y seis cachorros al unísono temblaban de frío; conmovido, los miré impotente.

 

Seguí caminando mientras el eco de un bandoneón inundaba los pasillos del metro, por unos instantes me transporté a Buenos Aires con Astor Piazzolla, pero el ritmo se aceleró, y la melodía cíngara-balcánica me llevó del río de La Plata a la música que incorpora el cineasta Emir Kusturica en sus producciones; en el vagón del subterráneo veo a un señor igualito a Slash –pero sin guitarra– con un sombrero de cuero, el cabello que le cuelga y un suéter de Led-Zeppelin –yo me pregunto si de pronto es él– miro para todos lados, pero aparentemente nadie se percata de ello, los pasajeros leen las tabletas electrónicas y sus smartphones, están todos conectados... yo sigo unplugged, ¿o más bien a la deriva?

 

Reviso el plano para asegurarme del itinerario hasta la estación Raspail, cuando de repente siento que alguien me observa –es esa sensación indescriptible de un peso en la nuca–, volteo, y mis ojos se cruzan directamente con los luceros avellana de una joven. Pero ella, fingiendo indiferencia, retoma la lectura del libro El hombre que quería ser feliz, qué bonito título –me dije– y, al levantar la cabeza, vi atrás de ella unos rizos dorados perteneciente a una mujer que ocultaba su rostro contra las puertas, su nariz enrojecida denotaba el llanto reprimido y las lágrimas se escapaban como perlas cristalinas por sus blancas mejillas. Ella lloraba en silencio, y aislada del tumulto, sufría en un rincón, ¿qué la acongojaba?, ¿una decepción amorosa?, ¿quizás la muerte de un familiar?, ¿lo insoportable de la existencia? Desee consolarla, decirle que no estaba sola, quise cogerla entre mis brazos, hubiésemos podido llorar juntos como perfectos desconocidos, tal vez debí tocarle el hombro para darle ánimo... pero ella desapareció con su dolor en Denfert-Rochereau, rodeada de personas que momentos antes la ignoraban.

 

No quisiera vivir en un mundo vacío

de todo sentimiento religioso.

No pienso en la fe,

sino en esa vibración interior,

independiente de cualquier creencia,

que nos proyecta hacia Dios,

y, a veces, más arriba.  

Emil Cioran

 

Mis neuronas latían, era como si un tornillo gigantesco perforara mi lóbulo parietal. Para aliviar la migraña, preparé en mi cantimplora un cóctel de paracetamol, gotas de Bach y valeriana, mientras me dirigía lentamente por la calle Émile Richard que conduce hacia la entrada adyacente de la necrópolis del distrito catorce. Pero me quedé paralizado en el portón, los plátanos de sombra, con su follaje místico, silbaban acordes celtas, un estremecimiento me erizó y la visión se me nubló.

 

Que injusta era la vida, no debía ser yo quien visitara la lápida del gran Cronopio, sino Ariel, un amigo del cineclub que todas las noches, después de las funciones del Comité de Cine, nos invitaba a perdernos por las murallas de Cartagena de Indias, mientras él recitaba de memoria Rayuela. Ariel nos tenía una oreja sorda y la otra en crisis, de tanto hablar de Rayuela, de la Maga, de las artes amatorias de Oliveira, disertaba acerca del simbolismo psicoanalítico del personaje de Rocamadour y de la importancia de las calles de París en el rompecabezas de la vida.

 

El último recuerdo que tengo de Ariel –luego de una larga tertulia en la esquina de la Escollera– fue su voz grave rompiendo el silencio en una madrugada sofocante. Los amigos del cineclub nos habíamos extenuado leyendo poesía de mala muerte, una docena de botellas de vino tinto y marihuana fumigada con glifosato. En medio de las estrellas fugaces, con tono ceremonial y la emoción a flor de piel, sus fonemas emergieron: "Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua..." capítulo siete –añadió– página cincuenta y tres.

 

Caminar por París significa avanzar hacia mí.  

Julio Cortázar

 

Se han borrado de mi memoria los primeros pasos en el bulevar del cementerio, incluso desconozco si los seres que transitaban entre los sepulcros, vestidos con atuendos de otra época, eran reales. Sin embargo, una pregunta comenzó a inquietarme, ¿por qué tenía que venir a Montparnasse?, a pesar de la afección por ese genial argentino, leer los cuentos y escuchar los audiolibros, yo no era un especialista de su obra. Y por otro lado, tampoco quería imitar el peregrinaje sincero de los latinoamericanos que vienen a dibujar rayuelas sobre su mármol.

 

Un destello de lucidez me iluminó, al lado del universo cortazariano y su metafísica imaginaria, yo anhelaba –inconscientemente– confrontarme con el mito de Cioran. El escritor Del inconveniente de haber nacido, me fascinaba, y yo tenía una teoría sobre su manía de invocar el suicidio y desprestigiar la existencia de Dios.

 

Para alguien como Cioran, que se decía agnóstico, y doctrinalmente cercano a la filosofía de Schopenhauer, me parece que todo lo anterior fue una postura intelectual. De hecho, la visión pesimista de la vida, –que él justificó en su trabajo creativo (1)– excluía el júbilo verdadero, muy a pesar de que él debió vivirlo durante su existencia. Prueba de ello es que Simone Boué –su compañera sentimental por más de cincuenta años–, descansa a su lado en la eternidad de la muerte.

 

Dicha pose asumida se aleja de la búsqueda de lo que él denominó: "La aventura vertical", que desde De lágrimas y de santos, hasta las múltiples tardes de meditación sobre la hierba de los camposantos, le inspiró la realidad de lo divino. Pero de aquel artista maldito, que caminaba todas las tardes por el jardín de Luxembourg, al hombre que confesara frente a una cámara su fuero interno, hay un océano de diferencia: "Escribir es establecer un diálogo con Dios, aunque yo no soy creyente, tampoco puedo decir que no creo. En el acto de escribir hay una solitud que encuentra otra solitud, aunque la solitud de Dios es más importante que la del autor".

 

Todos esos cuestionamientos de Cioran acerca del más allá, y de un posible arquitecto cósmico, cobran importancia cuando se está en Montparnasse. En un par de metros cuadrados se encuentran: Charles Baudelaire, Julio Cortázar, Emil Cioran, Samuel Beckett, Joris Ivens, Henri Langlois, Jean-Paul Sartre, César Vallejo, Marguerite Duras, Eugène Ionesco, y cientos de otros personajes que enriquecen el pensamiento humano.

 

¿Que nos queda de ellos?, ¿acaso sólo las cenizas de sus cuerpos?, ¿o simplemente unos nombres esculpidos sobre losas blanquecinas?

 

Difícil toda tentativa de respuesta. Citando el poema El interrogador, yo me pregunto por la nada que nos mueve... ¿por qué frente a la tumba de Cortázar y de su "osita", Carol Dunlop, la temperatura cambió?

 

Mi cuerpo sintió una llamarada indescriptible, al igual que un niño, me arrodillé para ordenar los textos y los mensajes de los admiradores dejados días antes, clasifiqué los tiquetes de metro, coloreé las flores marchitas, abrí los libros de poesía, metí el corcho en una botella de sidra y el espíritu de los lugares, como anotara Lawrence Durrell, me llevó al infinito.

 

 

1 - La felicidad no está hecha para los libros.

 

   Julio-Cortazar-Carol-Dunlop-Montparnasse.jpg

 

 

 

 

 

 

 

2 octobre 2013 3 02 /10 /octobre /2013 12:25

 

Luego de un decenio de trabajo, el tercer y último libro: "Sobre relatos, cuentos y ensayos de cineclubes - 1913 / 2013 - Un siglo de cineclubismo", acaba de ser publicado por la Universidad de Cartagena bajo la coordinación de Freddy Badrán Padauí.


Compiladores: César Cortez Rz, Pierre Ángelo González, Nicolás Román Borré

 

Textos publicados:

 

Trenes rigurosamente cinematografiados de Rosario Cárdenas Téllez
No sólo de Cristos vive la mujer… de Alfonsina Silva
Tarta, vino y cineclub de Nicolás Román Borré
Cena entre amigos de Salvatore Spicuglia
Anotaciones sobre la difusión cineclubista de César Cortez Rz
Cineclubismo en Venezuela (1932-1966) de Nelson Pérez Rodríguez
El cine: una película que está cambiando de Alexander Amézquita Pizo
Contra el olvido de Jovani Jurado
Emoción y nervios en la sesión cineclubista. Una montaña de dudas de Julio Lamaña
Cine independiente a dos mil quinientos pesos de Carlos Calle-Archila
Pequeña oda al cineclubismo de Yimmy Restrepo Hamburger
Diario de una cineclubista de Inés Agresott González
El gacela de Alexander Cobo Ortiz
El público general no existe de Sergio Álvarez Uribe
Espejismo de César Cortez Rz
Risas conscientes de Vanessa Cantillo Mosquera
La formación de públicos como metodología disidente en el establecimiento educativo de Jaime Andrés Ballesteros Aguirre
Recuerdos del barrio de Nicolás Román Borré
Cine del pueblo, el primer cineclub de Felipe Macedo
El boletín en el cineclub de Cali de 1971 a 1979 de Yamid Galindo Cardona

 

 

Sobre relatos, cuentos y ensayos de cineclubes III

 

 

 

Exordio  

 

I

 

Describir el séptimo arte desde la mirada transgresora del cineclub (1). Ese precepto quedó establecido como la regla a seguir de una revista gratuita, escrita por cineclubistas, para cineclubistas, con el fin de aclarar ciertas imprecisiones históricas, en aras de defender una profesión desacreditada por ciertas instancias cinematográficas y otorgándole una libertad literaria a ciertas plumas impetuosas.

 

Todo era magnífico en aquel proyecto editorial. Los cineclubistas comenzaron a enviar sus artículos, César consiguió un espacio en la burocrática imprenta de la Universidad Nacional, Sorrel y Marlon habían obtenido una subvención de la Universidad Libre de Bogotá para que Ramiro Camelo dictara un taller de apreciación cinematográfica y él prometió la integralidad del dinero para los gastos de la publicación.

 

No sabemos en que nubes andaba Ramiro cuando entró al banco para cobrar el cheque del curso, tal vez en una película de Glauber Rocha, quizás en las curadurías de arte a las cuales se dedicaba. Lo cierto es que en la capital colombiana, hay que ingresar a las entidades crediticias con ocho ojos, cuatro manos y mil grados de desconfianza, lastimosamente nuestro amigo no lo hizo. Ramiro había guardado los billetes en su chaqueta, salió del establecimiento sin problema, caminó hasta la estación de bus y para asegurarse que la plata seguía allí, se tocó instintivamente el bolsillo... hubiésemos podido realizar un dolly zoom de su rostro, lo desplumaron sin que se diera cuenta, los pesos se esfumaron y también nuestra revista.

 

Así son los bocetos cineclubistas, cargados de buenas intenciones, repletos de un espíritu combativo, en contracorriente a las tendencias socialmente aceptadas y sin cinco centavos en la cartera. Seamos honestos, ¿algún lector conoce un cineclubista que gane dignamente su vida como tal?, ¿cuántos de entre nosotros han preferido pagar las copias del folleto antes que guardar ese dinero para comer?, ¿qué sentido tiene presentar una cinta sobre la espiritualidad nepalí en un mundo tan frívolo y capitalista?. Podríamos incluso afirmar que el cineclubismo es sinónimo de fracaso, nuestra labor es por naturaleza una suma de descalabros, entre más rara es la película, más ganas tenemos de proyectarla, lo que denota una especie de algolagnia intelectual.

 

II

 

Pero la testarudez es otra de las características del cineclubismo, y como es natural, la falta de unos papiros rectangulares –con los héroes de la patria en colores violáceos– no impediría que los ensayos de los compañeros de la lucha cinéfila se dejaran de imprimir en un elegante papel Kimberly. El obstáculo económico se asumió como un reto a la adversidad, no habría revista, ¡pero habrá libro!, no uno, sino una trilogía cineclubista.


Sin exagerar, estimo que la esquizofrenia es el último de los elementos ignotos del cineclubismo, parece ser que nuestra actividad no es una disciplina y según las fuentes oficiales tampoco una profesión cinematográfica. Estamos más cerca de la locura y del imaginario visual, que del mundo real... ¡qué alivio!

 

Para dicho libro, modificamos la orientación de la publicación, ya no era un compendio para justificar nuestra marginalidad, sino un volumen para construir y difundir las bases académicas de un saber que históricamente ha sido relegado al olvido. Por ello el enfoque consistía en alejarnos de los modelos de la crítica cinematográfica, de la redacción elitista, de la propaganda enciclopédica del cine, y fuimos más allá, al aceptar textos detractores del movimiento cineclubista para enriquecer el debate (2).

 

Salvo que el problema de los billetes llenos de ceros seguía vigente, ya que la UniversidadNacional nos pedía la mitad del rubro de imprenta. Sorrel y Marlon empeñaron todo lo que tenían, el papá de Marlon prestó algo y el acuerdo de coedición se firmó en el 2002. De esa forma nació el primer tomo de Sobre relatos, cuentos y ensayos de cineclubes, un diminuto impreso de bolsillo, casi insignificante, pero que nos recuerda una frase de Abu Shakur Balkhi: "La palabra que se dice, debe ser como el rubí, liviana, pero de gran valor".


El librito encantó... la prensa, los críticos, los cineastas, el público, todos estaban eufóricos, hasta las instancias gubernamentales que ven con malos ojos nuestra existencia, aplaudieron su llegada. El día del lanzamiento, los ejemplares se repartieron en la rueda de prensa como pan caliente, y la verdad es que nosotros estabamos tan contentos del éxito, que no tuvimos la precaución de solicitarle a los asistentes su pago. Los volúmenes restantes se distribuyeron
a cineclubistas de todo el país, con la condición de enviarle a Marlon el fruto de esas ventas, pero como es habitual en estos casos, los recursos nunca aparecieron.

 

III

 

Las vueltas alrededor del astro solar continuaron, Ramiro se instaló en Londres, Sorrel y Marlon crearon un grupo político en el Putumayo, César siguió trabajando en la Universidad Nacional y yo me vine a Francia con la idea de fundar un cineclub en tierras galas. Grave error del suscrito... acá el cineclub perdió su razón de ser y el movimiento cineclubista se encuentra al borde de la extinción (3).

 

El relevo editorial recayó entonces en la asociación nacional de cineclubes "La iguana", pero infortunadamente no se llevó a cabo, ya que el colectivo vivió momentos difíciles con la actitud irreverente y anárquica que siempre ha caracterizado a los cineclubes del país. Fue solo hasta el 2008 que Juan Alberto, Felipe Andrés y Armando, lanzaron la segunda convocatoria a nivel internacional para realzar las temáticas cinéfilas y valorizar las investigaciones cineclubistas.

 

Salvo que en ese año, estalló una crisis económica sin precedente, y el hecho de publicar una compilación sobre nuestro oficio –en aquel contexto– carecía de lógica según las instancias universitarias. Comenzó un arduo peregrinaje, o para ser exactos, un viacrucis, se tocaron puertas en casi todas las universidades, con la misma respuesta: interesante, pero... todos nos felicitaban de la calidad y la pertinencia de la obra, pero la maqueta del compendio no llegaba a la etapa de tiraje.

 

Cansados de ser sistematicamente excluídos y persuadidos de las luces que aportaba el segundo opúsculo, concertamos con Luis Augusto Vacca Melo y su editorial Pluma de Mompox, aventurarnos en equipo, con la imprenta de esos sueños ortográficos colmados de imágenes en movimiento. El triunfo académico y crítico de la propuesta gutenbergiana lejos de ser un accidente, fue el resultado y la consagración de un trabajo colectivo serio, comedido e indispensable, pero no ocurrió lo mismo con su comercialización, atenuada por las ingenuas exigencias de los compiladores y el destino de una parte de los ejemplares (4).

 

IV

 

Publicar es como dar a luz, siempre es doloroso, nada sale como se planifica, ansíamos la anestesia peridural y se encuentra agotada en el dispensario. Quien ahora escribe, confía en una promesa del jefe de publicaciones de la Universidad de Cartagena, que desea promulgar el tercer tomo, pero, por experiencia, sé que los elementos exógenos son imprevisibles en los organismos estatales.

 

Dicho centro universitario posee un lugar de privilegio en mi corazón, ya que hace dos décadas me formó como cineclubista, en sus aulas recibí las clases de derecho y los encuentros nacionales de cineclubes se efectuaban bajo su abrigo. Hay un lado místico en su sede principal, en el llamado claustro de San Agustín, donde uno puede volver a los origenes de la vida, una especie de manantial intelectual, en el cual todo el saber comienza, y donde, inexorablemente, algún día todo termina.

 

Si hay un tono de nostalgia en mis palabras es porque finalizar ésta misión marca el término de un prolongado ciclo, y, quizás, mi última contribución cineclubista. Llegó la hora del inventario, de la autocrítica, el momento de tomar distancia; por ejemplo, hubiese querido que alguno de los volúmenes tratara el tema de la legalidad, la ética o la moralidad de las proyecciones. Esto debido a la acusación recurrente, de tratar a los cineclubes como transgresores de la ley, en sus presentaciones de formatos no convencionales... sin embargo, jurídicamente no se atenta contra los derechos de autor, cuando se exhibe en video –aún sin autorización (5)– a diferencia de lo que hacen ciertas distribuidoras de cine, que comercializan cintas con los derechos vencidos, o que alquilan copias facilitadas gratuitamente por los realizadores.

 

El tema de la legalidad es más denso y complejo de lo que podemos imaginar. Tomemos un caso célebre en la historia: Henri Langlois, cineclubista y fundador de la Cinemateca Francesa. Durante decenios fue tildado de ladrón, debido a la obsesión que tenía de preservar las películas de cine mudo y por acumular cintas que debían ser quemadas a la salida de circulación. Él se apropiaba indebidamente de esos carretes, sin adquirir los derechos –y a veces–, en contra de la voluntad de los productores que detentaban su comercialización. Salvo que Langlois lo hacía con el propósito de conservar una muestra del patrimonio universal para las futuras generaciones, gracias a su esfuerzo, y a la restauración de los filmes en nitrato de celulosa, una parte importante de la cinematografía mundial nos es legada hoy día.

Más que un lamento, considero que hay un número significativo de temas que deben explorarse con detenimiento y que requerirían toda una nueva colección editorial. Sobre relatos, cuentos y ensayos de cineclubes, es la síntesis de una militancia, un acto político resultado de una lucha paralela en un momento preciso, que lejos de haber tenido la pretención de constituirse en la "única verdad", suscitó una reflexión y esculpió un pequeño episodio del cineclubismo.

 

V

 

El presente opus íncluye una erudita investigación sobre el primer cineclub, que contradice con argumentos sólidos, los dictamenes enciclopédicos de una historia errónea y parcializada donde el cineclubismo es casi inexistente; pasearemos en tren por Yalta, haciendo escala en Nijmegen, París, Marsella, Barcelona, Los Ángeles y Bogotá; recolectamos testimonios del recorrido y las dificultades de nuetro trabajo en Perú, Ecuador, Venezuela y Colombia; con interés, leeremos el acertado reproche a una cierta tendencia cineclubista que omite la discusión y el análisis; para terminar, se estudia los anales del cineclub de Cali con el objeto de comprender el papel del boletín informativo en la lucha contra el cine dominante.


Solo nos queda como epílogo de la introducción, agradecer, a los ladrones de la capital colombiana por habernos "incitado" a cambiar de rumbo... sin ellos, lo más seguro es que nunca habríamos publicado la presente colección.

 

Nicolás Román Borré
Desde la orilla del Mediterráneo

 

***

 

1- Con el fin de conservar al unísono un estilo de escritura en el presente libro, hemos transcrito cineclub en una sola palabra, aún cuando éste viniera de un nombre propio, como fue el caso del cineclub de Cali, cuya grafía original estaba compuesta de dos vocablos separados. Desde hace años defendemos la tesis que en castellano, se debe redactar un solo término, ya que la locución: "ciné-club", creada en 1907, que conjuga el diminutivo de "cinéma" en francés y de la voz inglesa "club", tiene una significación lingüistica única. Es por esa razón que la vigésima segunda edición del diccionario –que se encuentra disponible en el portal internet de la Real Academia Española– enseña que cineclub es una sola palabra, cuya definición es: asociación para la difusión de la cultura cinematográfica, que organiza la proyección y comentario de determinadas películas.

 

2- Los compiladores se abstuvieron de toda censura en la selección de los artículos.

 

3- Por extraño que parezca, la disminución del cineclubismo en Francia es la consecuencia de la llamada "Exception culturelle française", ya que ella enriqueció la oferta audiovisual en casi todos los niveles de la vida social. Programas como: "Collège au cinéma" y "Ciné-lycée", financiados por los Ministerio de Cultura y Educación, en consorcio con el Centro Nacional de la Cinematografía, permiten cada año a millones de estudiantes ver cientos de películas, al mismo tiempo que se les imparte una formación y se debate al final de las proyecciones. Los espacios comerciales de Arte y ensayo –que cuentan hoy más de dos mil salas– son en parte auspiciados por fondos públicos, con la obligación de generar coloquios, encuentros y presentaciones de filmes en versión original. En los barrios, grupos juveniles, centros comunales y asociaciones cinematográficas, coordinan seminarios de realización, conferencias y ciclos de películas. Todo lo anterior hace que la sociedad francesa necesite menos a los cineclubes que en el pasado, y como dato curioso, la mayoría de los cineclubistas actuales son extranjeros.

 

4- Sin ninguna lógica mercantil se mantuvieron dos precios de venta, uno para el público general, y otro, con el 50% de descuento para los miembros del quehacer cinematográfico. / Una gran caja de ejemplares con destino a Madrid que hacía escala en Atlanta, fue abierto -confundido seguramente con un artefacto explosivo- y dejado a la intemperie hasta que se pudrió. En vano intentamos explicar a las autoridades estadounidenses, la diferencia que existe entre material "subversivo" y material "terrorista" de nuestros libros.

 

5- Hay dos tipos de derechos de autor, el primero es el derecho moral, que reconoce la paternidad de un autor como creador de la obra; el segundo es el derecho patrimonial, que el autor posee con el fin de obtener un lucro fruto de su creación. En una proyección gratuita, el derecho moral se encuentra garantizado por el ánimo de los cineclubes de difundir el trabajo del autor, a menudo desconocido; y el derecho patrimonial, permanece intacto, ya que no se cobra. / Igual acontece con los profesores en los salones de clases. / En los ejemplos anteriores, no existe una real vulneración a los intereses jurídicos protegidos por el legislador, pero la tendencia general, es de una exégesis legal desacertada. (Véase el proyecto de ley de nuestra autoría).

 

9 juin 2013 7 09 /06 /juin /2013 15:55

 

 

No dejemos que nuestro saber prime
sobre lo que es más importante...
nuestra ignorancia. 
       
Henry David Thoreau
 
 
allen 1       
 
Por: Nicolás Román Borré
 
La idea de escribir algo interesante sobre el cine comercial me corroe el alma desde hace un buen tiempo, pero el temor de cometer una herejía cinematográfica, ir en contravía de la crítica, o el hecho de perder la amistad del medio cineclubista, han frenado el ímpetu de extraer un artículo que en silencio reclama su publicación.  
 
Hoy he decidido cometer ese sacrilegio académico y darle libertad a las palabras atrapadas en mi inconsciente. Es lo que yo llamaría un suicidio intelectual, sin embargo, a pesar de las consecuencias que este acto impropio puede ocasionar, es necesario confrontar las nociones discordantes de "cine arte" y "cine comercial".
 
Para ilustrar la dificultad de establecer un límite coherente acerca de lo que llamaríamos el cine comercial, tomemos el caso de John Lasseter, quien es según muchos, un director mercantilista; frente a él, las sombras chinescas de Michel Ocelot son la antítesis de la gran industria; pero Ocelot es grácil si se le compara al sombrío Tim Burton (1); Burton es a su vez un corredor de bolsa si cotejamos su filmografía frente a la del japonés Hayao Miyazaki; a pesar de todo, el humanismo de Miyazaki es muy comercial con respecto al cine personal de Adam Elliot; no obstante, Elliot aunque tiene mérito, es complaciente si lo confrontamos a Bill Plympton; con los años Plympton ha perdido su potencia de la contracultura, si se equipara a un artista como Jan Švankmajer. ¿Sigo con la lista? ¿Desea el lector colocar una franja entres estos realizadores, separando los que son mercantiles de los que no lo son?
 
Seamos honestos, el asunto especulativo es complejo si lo estudiamos con detenimiento y sentido crítico. Verbigracia, la semana pasada estaba dictando una charla sobre autores estadounidenses, cuando una joven tomó la palabra para comentar Medianoche en París, diciendo que la cinta era excelente, y que a su juicio, representaba una buena muestra del cine no comercial.  
 
Yo coincidí con ella en la factura irreprochable del filme de Woody Allen, pero agregué que la película no fue una obra de cine arte –lo que irritó a una parte de los asistentes–, la señorita se levantó de nuevo y con aire desafiante me preguntó: ¿qué le hace suponer a usted que Medianoche en París es comercial?... al unísono, el público me observó, hubo un largo silencio, además, vi entre los rostros de los presentes algunas miradas asesinas por osar poner en tela de juicio al maestro de la gran manzana. Para no salir en camilla del lugar, decidí calmar los ánimos confesando mi admiración por ese neoyorquino tan particular; les dije que había visto cientos de veces Días de radio, Manhattan y Annie Hall; que a los diez años leía todos los domingos Inside Woody Allen, sin entender la mitad de las ironías o las bromas psicoanalíticas que él plasmaba en la historieta; y que estimaba que Woody Allen es uno de los grandes genios del séptimo arte.  
 
La hostilidad disminuyó y la tensión del ambiente volvió a la normalidad. Aproveché entonces la placidez momentánea del recinto, para comentar lo que Allen expresó en Cannes cuando aquel filme inauguró el festival: Es una película por la cual me pagaron, y además, tuve la suerte de vivir en París... la razón principal de rodar en la capital francesa, es que los productores europeos me dan el dinero para mis proyectos si sigo filmando en el viejo continente (2)… actualmente mis guiones cuentan con mayor acogida en Europa que en los Estados Unidos, las compañías productoras de aquí me dan la plata y me dejan tranquilo, todo lo contrario de lo que ocurre en mi país… no quise mostrar la París realista de la vida cotidiana, lo que quise fue recrear la ciudad, tal cual yo la idealizo en mi imaginario.  
 
Conclusión, –expuse–, Woody Allen trabajó en Francia por razones económicas; Medianoche en París es una comedia romántica, lo que garantiza un amplio público; los actores son reconocidas estrellas; se filmó en la ciudad más turística del planeta; la cinta es el mayor éxito de taquilla internacional en la filmografía del neoyorquino; el esquema del director en el desarrollo del argumento fue de realizar una dulce fantasía, alejándose de la dramaturgia realista del cinéma vérité tan defendido por los franceses; la distribución fue asumida por un gigante de la industria: Sony Pictures; ¿recuerdan el trailer? –Les pregunté–… París por la mañana es preciosa, París por la tarde tiene encanto, París por la noche hechiza, pero París de madrugada es mágica ni siquiera la oficina de turismo de la capital gala puede hacer una publicidad tan espléndida –rematé–. 
 
El auditorio parecía un sepulcro, la altivez de la Mademoiselle se esfumó y los presentes desconcertados, esperaban que la discusión reiniciara… pero yo decidí, que una pausa era necesaria para asimilar la magnitud de las ideas reaccionarias que había puesto en consideración. Instantes después, un señor de avanzada edad –vacilando entre frustración y rabia– expresó que era inadmisible calificar a Woody Allen como un autor comercial; entonces yo le pregunté, que si él podía definir claramente lo que significa comercializar, a lo cual el anciano afirmó: "que son las obras que buscan una rentabilidad en la taquilla". Una señora le respondió que todas las producciones aspiran a un provecho, –y hasta allí llegó mi charla–, luego la gente enaltecida comenzó a nombrar cineastas de prestigio, pero otros decían que los citados eran comerciales, luego a su vez, los últimos indicaban algunos realizadores y los primeros rechazaban su honestidad financiera… así la polémica siguió durante horas, sin que pudiésemos llegar a un acuerdo. 
 
El problema de todo este cuestionamiento reside en que la definición de cine arte que la crítica y la cinefilia han impuesto se encuentra en oposición a la idea del lucro. Pero dicho puritanismo artístico es una falacia, debido a que históricamente no tiene bases que la sustenten, ningún género cinematográfico la ha rechazado y la realidad económica actual aún la confirma.
 
Si un ser humano añora crear algo muy personal, sin intervención de la "perversa moneda", lo que tiene que hacer es un poema o un dibujo, porque las herramientas que requiere para hacerlo son un lápiz y un pincel. En cambio si quiere ingresar en el universo audiovisual, debe saber que los equipos son costosos y que la creación cinematográfica es el resultado de una colaboración estrecha de técnicos, actores, entrevistados, animadores, directores de fotografía, guionistas, músicos, artistas, investigadores, figurantes, asistentes y personal administrativo. Hay que ser humilde en dicho campo, ya que el resultado final no le pertenece exclusivamente al realizador (3), sino que es el fruto de un trabajo colectivo (4).
 
Desde sus inicios el cine ha tenido un nexo económico, ya que el Kinetoscopio de Edison funcionaba después de meter una moneda por una rendija; para ver las vistas animadas del Cinematógrafo de los hermanos Lumière y del Bioscope de Skladanowsky, había que pagar una entrada. Igual aconteció más tarde en el apogeo del cine silente de Georges Méliès, Edwin Stanton Porter, Max Linder, Mack Sennett, David Wark Griffith, Charles Chaplin, Friedrich Wilhelm Murnau, Buster Keaton y Raoul Walsh, cuyos filmes generaron fortunas monumentales.
 
Yo creo que lo importante no es saber si una película es comercial o no –lo que es difícil de diagnosticar en ciertos casos–,  lo verdaderamente trascendental es determinar la calidad o la belleza de una obra. Las premisas que afirman que el cine comercial es malo y que el cine arte es bueno, nos conducen a un silogismo erróneo, ya que las proposiciones lógicas son inexactas y las conclusiones deductivas incompletas. Tomemos como ejemplo a Chaplin, quien representa el modelo absoluto de los intelectuales, cinéfilos y espectadores en general. Pues bien, Charles Chaplin estaba obsesionado con la plata (5) y se convirtió, como todos saben, en un personaje muy acaudalado. Él compró a las productoras todas las cintas donde aparecía para tener el control de difusión y los derechos derivados como fotografías, accesorios, etc., y esas franquicias todavía continúan hoy día generando riquezas.
 
El chico, La quimera del oro, Tiempos modernos, todas esas producciones de Chaplin fueron comerciales, pero tenían alma, había magia, ternura y emoción, eso es a mi juicio lo esencial. Pero Charlot no es la excepción, Metrópolis, Lo que el viento se llevó, Una Eva y dos adanes, Azul profundo, La vida es bella, también eran filmes destinados al mayor número de asistentes, ¿y ahora dónde se programan?... en cinematecas, cineclubes y salas de cine arte y ensayo. Ya sé, muchos gritarán: ¡blasfemia!, desde la distancia escucho los insultos, comprendo que algunos amigos no me dirigirán más la palabra, pero no he terminado, les ruego que tengan algo de paciencia para completar mi análisis. 
 
¿Dónde consiguen las cinematecas y cineclubes la mayoría de películas que muestran?, la respuesta es sencilla: en una distribuidora de cine. ¿Y qué es una distribuidora de cine?, una empresa privada, regida por el código de comercio, que busca la mayor rentabilidad económica con la explotación de cintas cinematográficas. Precisemos que jurídicamente no existe diferencia entre una distribuidora de cine comercial y una distribuidora de cine arte, poco importa si es la UNICEF, un cineclub universitario, una filmoteca, o una asociación de madres de escasos recursos, la copia no saldrá de esas bodegas hasta no pagar una suma importante. Lo peor de todo es que en muchos países los maravillosos carretes revolucionarios contra el yugo capitalista son manejados por los majors de los grandes estudios… cuando se va a buscar La huelga de Eisenstein (6) para proyectarla en un sindicato, de nada sirve tararear los cánticos de la izquierda radical, ya que al entrar en las oficinas llenas de carteles de Hollywood, se te hace un nudo en la garganta y la palabra camarada pierde todo su sentido. 
 
Las salas de cine arte y ensayo tampoco son la excepción a la regla del dinero como regulador del proceso, ya que ellas hacen parte –al igual que las distribuidoras– de las sociedades que comercializan los filmes... se cambia la crispeta por un entremés y la gaseosa por una copa de vino, pero el mecanismo es idéntico. Como anécdota de una de esas salas, puedo confesarles la mística aura que me embargó en el estreno de Día tras día de Jean-Daniel Pollet (7), pero cuando quise volver a verla, ya no estaba en cartelera y el gerente del teatro me dijo que fue sacada antes de tiempo por falta de espectadores. Lo anterior quiere decir, que no se tiene en cuenta la majestuosidad artística de una producción, tampoco el recorrido fílmico del creador de Méditerranée, o la valía póstuma de un cineasta poético, lo único que realmente importa en una sala de cine arte y ensayo –como en las otras– es que genere dividendos. 
 
Es evidente que mis líneas exasperan, pero lo hago con el propósito de atestiguar la incongruencia argumental heredada de la cinefilia y de la cual todos tenemos que sacudirnos, si anhelamos llegar a un nuevo estado de conciencia audiovisual. Ser remunerado por una labor digna es algo que nadie rechaza, pero afirmar que el arte carece de una relación económica y creer que todo se hace por amor, es una mentira o una gran ingenuidad... de suerte que es necesario reflexionar acerca de dichos tópicos con mayor audacia.
 
Lo aludido podría –a simple vista– parecer como una apología especulativa, pero en realidad es un cuestionamiento filosófico de fondo que debe primar sobre la forma. Veamos en detalle lo que pasa con Fahrenheit 9/11, que es el documental de cine arte con mayor difusión en los circuitos alternativos. Aparentemente Fahrenheit es el mejor trabajo no comercial de Michael Moore (8), salvo que la cinta es la más rentable de su carrera y una de las pocas en la historia que logró recaudar en taquilla treinta y siete veces el valor de su elaboración; ¿cuál es el mérito de Fahrenheit 9/11?; ¿burlarse de un presidente inepto?; ¿acentuar los defectos de George Walker Bush?; porque eso fue lo que hizo Moore, manipular al público para que detestara a Bush… pero no teníamos necesidad de una película para ello, la animosidad ya existía, lo que hubiese sido fascinante sería descubrir el contexto político de ese poder, el por qué los estadounidenses seguían apoyándolo a pesar de las pruebas en su contra, o quizás comprender la amplitud sociológica de las mentiras de su gobierno. Fahrenheit impide un escape al espectador y es un panfleto conductista que distorsiona la investigación de campo. En contraposición, su obra precedente Bowling for Columbine, nos parece más estructurada y menos maniqueísta, resumiendo, debemos oponernos a Fahrenheit 9/11, no porque sea comercial o de cine arte, sino debido a la falta de rigor en el sujeto de estudio. 
 
¿Será legítimo vivir gracias al cine?, la respuesta es afirmativa, los críticos son retribuidos por despedazar las películas e intentar explicar ciertas escenas de Jean-Luc Godard, –que ni el mismo director comprende–, aunque podríamos reprocharles su lenguaje pedante, algunas frases asesinas y las ínfulas de sentirse por encima de todos los mortales. Cuando salió Avatar, ¿cuántos periodistas especializados se cuestionaron desde el punto de vista ético por el costo de la película?, tantos detalles técnicos, esa cantidad de explicaciones sobre la tercera dimensión, ¿pero, qué pasó con el guión?, ¿moralmente es admisible que la producción más onerosa de la humanidad, gaste la misma suma en su campaña promocional?  
 
Los cineclubistas abandonaron mi artículo desde los primeros párrafos y ahora es el turno de la crítica, el lector puede constatar que el suicidio intelectual ha sido consumado. De aquí en adelante, sólo quedan un puñado de cinéfilos y un par de amigos leales que se hacen preguntas sobre la orientación final de éste texto. A esos escasos lectores quiero aclararles por si las dudas que yo colaboro gratuitamente en una ONG de difusión cinematográfica y que participo en la fundación de espacios que luchan contra el cine industrial.
 
Entonces ¿por qué hablar del cine comercial?, ¿cuál es el objetivo del presente artículo? La respuesta, aunque pueda parecer paradójica, se encuentra en el rol del dinero que sigue reinando en la estructura misma del modelo audiovisual mundial. ¿Qué busca un director al realizar una película?, ¿millones?, ¿o simplemente aportar su grano de arena al arte cinematográfico?; esa es la cuestión que consciente o inconscientemente, un amante del cine se pregunta; pero ese es un interrogante que se asemeja a un pasillo estrecho, donde las puertas de salida se encuentran en un extremo o en el otro.
 
Lastimosamente esa es una visión sesgada de la realidad, no deberíamos hablar de un objetivo de creación, sino de varios elementos que confluyen al mismo tiempo en los proyectos fílmicos. ¿Qué motivó a Ingmar Bergman a emprender la realización de comerciales publicitarios sobre jabones?, ¿quién puede negar que El padrino de Francis Ford Coppola fue un encargo?, ¿por qué Woody Allen –a pesar de detestar Manhattan– no evitó su presentación en salas, o al menos, por qué no sacó un director's cut decenios más tarde?, ¿qué le impide al socialista Ken Loach ofrecer sus películas gratuitamente?, dictamen: la plata.   
 
Nos guste o no, el capital controla el sistema. Sin embargo podríamos alegar que la tecnología ha cambiado; los costos han disminuido y el cinéma se democratiza; que Internet es una herramienta eficaz; desde hace unos años existen producciones participativas; los cafés culturales y los bares asociativos programan filmes fuera de circuito. Salvo que al finalizar las proyecciones un sombrero pasa de mano en mano para recaudar un aporte voluntario que será enviado al autor; que en las realizaciones colectivas, si la obra produce recursos, estos son redistribuidos a los que aportaron el financiamiento; y a pesar de que Internet es un canal en progresión, su objetivo principal es hacer conocer las calidades de un creador con miras a que él ingrese al círculo profesional. 
 
Y he aquí un punto clave que se revela y del cual casi nadie escribe: el profesionalismo del oficio. ¿Cuándo estamos en presencia de una película profesional? –la respuesta sorprenderá a muchos–; ¿al poseer equipos de última tecnología, es decir, cámaras de 35mm o Ultra HD?; no, todos sabemos que hay cintas hechas con casetes domésticos; ¿el hecho de remunerar un equipo técnico o artístico?; no, ocurre que según el tipo de proyecto, a veces las cooperaciones son gratuitas; ¿por el elevado presupuesto de producción?; no, un filme como Tarnation de Jonathan Caouette fue finalizado con tan solo 218 dólares (9).  
 
La solución a las incógnitas antes expuestas proviene de la naturaleza jurídica de la cinta, ya que lo que confiere el título profesional a una obra es la existencia de una compañía de producción que la maneja. Por definición entonces, toda película profesional es comercial, y además la empresa productora que la detenta, tiene como propósito establecido en sus estatutos la obtención de un provecho pecuniario.
 
Lo aberrante de este aspecto legal, es que los concursos de cinematografía niegan la posibilidad de subvencionar un filme a una persona natural, bien sea realizador, estudiante, artista o simple ciudadano. Para participar en la modalidad de producción, el requisito sine qua non es que el proyecto cuente con el respaldo de una sociedad debidamente registrada. 
 
Aunque parezca escandaloso, los sistemas legislativos del planeta otorgan recursos públicos a organizaciones privadas, para que estos últimos ganen dinero con la difusión de obras audiovisuales. Este principio de ayudas estatales difiere de las becas otorgadas a escritores, gestores y creadores en las demás áreas culturales, lo que prueba que el cine es un campo en donde prima la generación de riquezas.   
     
Para terminar, otra dicotomía existente proviene de la distinción entre cine de autor versus cine de productor, lo que me parece caricaturesco y peligroso. Me explico, según el susodicho esquema, las personas son ángeles o demonios, los primeros dotados de nobleza y alta sensibilidad, y los segundos son crueles mercenarios... pero todo eso es una fábula, rodar con Ingmar Bergman podía traumatizar, al igual que actuar bajo las órdenes de Lars Von Trier, Michael Haneke o Jean-Luc Godard, quienes poseen un ego de acero y un carácter difícil; del lado diabólico, no todos tienen un abdomen colosal, fuman tabaco, son tacaños y gritan todo el tiempo; Paulo Branco, Marin Karmitz y Jacques Perrin han logrado por su perseverancia e inteligencia desarrollar cientos de proyectos de una valía inestimable al séptimo arte. 
A lo largo del sinuoso recorrido del texto he querido destacar algunas contradicciones frente al cosmos cognitivo de la imágenes en movimiento, en aras de suscitar un nuevo enfoque sin prejuicios, y así tal vez, volver a sentir aquella emoción primigenia que siendo niños nos llevó a glorificar el santuario de la sala oscura y a querer tocar el haz de luz que atraviesa nuestras almas.
 
 
***
 
1- Las cinco películas más taquilleras de Burton produjeron 2.538 millones de dólares, y el mismo número de cintas en el box office de Lasseter, generaron 2.232 millones de dólares, lo que coloca a Burton -en materia de productividad económica- por encima de Lasseter aunque parezca sorprendente.  
 
2- Los personajes de: Match Point, Scoop, El sueño de Casandra, Vicky Cristina Barcelona, Conocerás al hombre de tus sueños, Medianoche en París y De Roma con amor, habitan respectivamente en Londres, Barcelona, París y Roma.  
 
3- Salvo rarísimas ocasiones en donde el autor asume todas las etapas creativas.
 
4- Recuerden uno de los diálogos famosos de Sunset Boulevard: "Las personas olvidan que hay guionistas que escriben los libretos".   
 
5- Cuando fue acusado de comunista por el gobierno estadounidense, Chaplin afirmó: "Yo fui extremadamente pobre y ahora me gusta ser rico, yo no pienso compartir mis posesiones con nadie".
 
6- La erudita teoría del montaje de Serguei Eisenstein, que es aplaudida unánimemente por los académicos, fue tildada de feria y de espectáculo circense por parte de Dziga Vertov. Este último se oponía al método del realce dramático utilizado por Eisenstein, ya que Vertov privilegiaba el análisis de la realidad directa. Es pertinente recordar aquella querella intelectual que opuso a los maestros de la Escuela Soviética, con miras a probar que aún en los países que rechazaron el libre mercado como sistema político, tuvo lugar una discusión sobre el conflicto estético-comercial contra el cine popular-educativo.
 
7- Finalizada a su muerte por Jean-Paul Fargier, Día tras día es una obra conmovedora, absolutamente inteligente, en donde la poesía contemplativa alcanza los límites de la perfección.
 
8- El documental Manufacturing dissent de Rick Caine y Debbie Melnyk retrata algunas facetas criticables del cineasta.
 
9- Dicha suma es polémica, ya que no se tiene en cuenta el proceso de kinescopado, ni la inversión en posproducción, al igual que se omiten las cifras de las copias en 35mm.
 
 

5 novembre 2012 1 05 /11 /novembre /2012 14:06

 

Un perro andaluz

 

Por: Nicolás Román Borré

 

La presente selección fue realizada para el cineclub virtual de "Cine en Casa" de Vamos a Andar. Dicho listado obedece a un gusto personal, en donde no existe orden cronológico, ni jerárquico, de los filmes referenciados.

 

En primera instancia, les propongo una juguetona clase magistral de economía y biología, dictada por el brasileño Jorge Furtado. Éste ovni audiovisual de una exquisita inteligencia y crítica social, sigue el recorrido de un tomate desde su plantación hasta la llegada al basurero: La isla de las flores. Brasil – 1989

http://www.youtube.com/watch?v=TIeU7_yqrpc

 

 

Luego dejemos al estadounidense Jamin Winans guiarnos por la ley de la causalidad y el manejo del tiempo, según el ritmo benefactor de un disc-jockey muy especial: Spin Estados Unidos – 2005

http://www.youtube.com/watch?v=oP59tQf_njc

 

 

Santiago Álvarez Román, no le dirá gran cosa a la mayoría de los internautas, sin embargo, se trata de uno de los más grandes directores de la historia del cine y tal vez el que mayor número de producciones realizó (1). El corto que veremos es un ancestro del videoclip, una obra poderosa contra la discriminación racial, la voz de Lena Horne es perfecta, el montaje es impecable y la lección de cinéma es inigualable. Now. Cuba – 1965

http://www.youtube.com/watch?v=4uRNA3SgUG8

 

 

¿Cómo se cocina una obra de arte?. Coloque al productor Steven Spielberg en el caldero, pique finamente a un señor llamado Martin Scorsese para que interprete Vincent Van Gogh, añada los efectos especiales de George Lucas y seleccione uno de los Sueños (2) del chef Akira Kurosawa. Cuervos. Japón / Estados Unidos – 1990

http://www.youtube.com/watch?v=VG6ddwi9ABg

 

 

La animación nos recuerda la ceguera de la violencia en nuestro país. Alejandra Monsalve, Laura Badillo, Viviana Bohórquez y el director Alejandro Riaño, tienen el coraje y la poesía en el mismo lugar.

Violeta. Colombia – 2010

http://www.youtube.com/watch?v=IdJ_WsQQni8

 

 

Para los que aman Tim Burton y sus lúgubres tendencias. Este es un hermoso trabajo autobiográfico con la voz de Vincent Price y el estilo lírico de Edgar Allan Poe. Vincent. Estados Unidos – 1982

http://www.youtube.com/watch?v=ZH3R5ntFK3c

 

 

Es la primera gran película de ciencia ficción de la historia, inspirada por las obras de Julio Verne y Herbert George Wells. La versión restaurada de 2010 que veremos a continuación, proviene de la última copia coloreada a mano, que fue encontrada en 1993 en la Filmoteca de Cataluña.

Viaje a la Luna. Director: Georges Méliès / Francia -1902

http://www.youtube.com/watch?v=Q7xH2RLVbhI

 

 

Cuando un cineasta se pone a rayar el negativo con una aguja y el resultado es una obra de arte, es porque nos encontramos frente a un genio. Si existiese una cúspide cinematográfica -en cuanto a cortos se refiere- no cabe duda que el nombre de Norman McLaren merecería estar grabado con letras de oro en lo más alto.

El aporte de McLaren al séptimo arte es inigualable, desde las técnicas que utilizó: pixilation, raspado del material fílmico, cuadro por cuadro, animación, pintura sobre la banda óptica del sonido, hasta su increíble tarea como colaborador de la National Film Board of Canada. "Vecinos" es un himno pacifista que se inspira del conflicto coreano y que nos enseña de manera divertida: la estupidez humana. Vecinos. Canadá – 1952

http://www.youtube.com/watch?v=4YAYGi8rQag

 

 

Varios cortometrajes de Charles Chaplin podrían incluirse en la selección de lo que se debe ver antes de morir: "Charlot vagabundo", "Charlot, músico ambulante", "La calle de la paz"… pero por una elección personal, yo me quedo con "El inmigrante" que realizó para la Mutual Film Corporation. El inmigrante. Estados Unidos – 1917

http://www.youtube.com/watch?v=55EZP_11jWs

 

 

Alain Resnais realiza una obra conmovedora a partir de una idea original del historiador Henri Michel.

Es una mirada poética que cuestiona nuestra sociedad, donde se aprovechan las imágenes de archivo incautadas a los nazis. Noche y niebla. Francia – 1955

http://www.youtube.com/watch?v=RZ6k27I17sc

 

 

Buster Keaton fue en compañía de Chaplin, uno de los mejores embajadores del cine silente. La inexpresividad del rostro, a pesar de ser sometido a múltiples situaciones delirantes, era contrastada por su increíble talento de acróbata.

El cortometraje narra las peripecias de una pareja de recién casados que tratan de armar su casa con los planos erróneos. La casa desmontable (One week) Estados Unidos – 1920

http://www.youtube.com/watch?v=KCzel6PfDnA

 

 

Trevor Cawood es un especialista de los efectos especiales. Aquí comparte con nosotros, el imaginario de un extraño ser de concreto que sigue a un nervioso empleado. Terminus. Canadá – 2007

http://www.youtube.com/watch?v=Qe1_NdPw9ms

 

 

El 29 de julio se desvaneció Chris Marker, militante, quimérico, un hombre que vivía entre el universo virtual y la obsesión de la memoria histórica, un autor mayor cuya obra trasciende la simple creación humana.

El cine tiene una deuda con él, íncluso, algunos estiman que el documental de ensayo nace con Marker, pero curiosamente lo único que se conoce popularmente de dicho cineasta, es su ficción: La jetée (3), que la prensa británica cataloga como el más importante cortometraje de la cinematografía. La jetée. Francia – 1962

http://www.youtube.com/watch?v=He8uZLPOT7A

 

 

Kager se fotocopia la palma de su mano y comienzan a aparecer cientos de personas idénticas a él. El argumento es de por sí interesante, pero la manera en que se realizó dicho corto experimental es aún mejor: Virgil Widrich grabó en video, luego fotocopió todas las imágenes, una por una, aún las que se atascaban en la máquina y finalmente volvió a filmar con una cámara 35 mm. Copy shop. Austria – 2001

http://www.youtube.com/watch?v=e9FqMi5mlc8

 

 

Un sueño de Dalí… otro de Luis Buñuel… imágenes anacrónicas… transgresión de los esquemas narrativos… un filme de escándalo… y todo eso bajo la influencia surrealista. Muchos han intentado explicar éste corto, pero quizás dicha película no tiene explicación racional. La escena de la navaja que secciona el ojo, es una de las más inquietantes del séptimo arte y nos invita a ver el mundo desde otra perspectiva.

Un perro andaluz. Francia – 1929

http://www.youtube.com/watch?v=gs2qDV_rcAo

 

 

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1- 96 cintas, 1500 -en fílmico- del Noticiero del ICAIC Latinoamericano que él dirigió personalmente, y una producción videográfica importante. 

 

2- Los Sueños de Akira Kurosawa, es una película compuesta de ocho cortos, que corresponden a sueños reales que tuvo durante su vida el maestro japonés.

 

3- La jetée es una fotonovela de anticipación, que Terry Gilliam readaptó decenios después bajo el título de 12 monos.

 

 

9 septembre 2012 7 09 /09 /septembre /2012 09:04

    Roble émery 1

 

 

Por: Nicolás Román Borré

 

I

 

Caminaba sin apremio cuando una guayabera blanca con un ligero aroma de cigarrillos mentolados se detuvo a mi lado. No ví su rostro, pero sí escuché la pregunta hecha con solemnidad y tono seco: ¿eres Nicolás?.

 

Luego de asentir con la cabeza como en una cinta de Sergio Leone, una explosión de vocablos brotó de sus labios, eran disparos fonéticos -pero sin insultos- y en un castellano muy pulcro. Yo no entendí ni cinco, el hombre estaba visiblemente enojado conmigo, él me decía cosas acerca de la historia de su nombre, de su experiencia en el cine, de la falta de memoria.

 

Yo seguía azul. Él volvió a hablarme de Émery d'Amboise; de una carta; del origen germánico de Émery que significa "Poderoso de la casa"; que es un nombre de varón… su ira comenzó a disminuir, yo lo miré directamente a los ojos y logré ver una bondad natural atrás de esa imagen de señor indignado, le dije que se calmara, que me explicara desde el principio.

 

Por tercera vez Émery repitió el disco de los acontecimientos, ya que hasta ese entonces yo sólo tenía piezas del rompecabezas sin sentido. Estuve atento, y respondí que al igual que Claude y Nery, su nombre podía ser utilizado por una mujer, indicándole, el contexto de los hechos del cual me acusaba. Émery no me creyó, encendió un cigarrillo lentamente, el tiempo se detuvo como solía ocurrir con él, parecía consultar los espíritus como hacen las gitanas, miró hacia lo alto, el humo del tabaco rodeó su rostro… luego me miró decepcionado, dio media vuelta y se marchó al edificio Ganem.

 

Para comprender la cólera de Émery Barrios Badel aquel día, tengo que esclarecer varios detalles. Efectivamente, él tuvo razón al decirme que en la ciudad no quedaba huella del trabajo cultural, ya que él fue uno de los fundadores del cineclub del cual yo hacía parte, pero dos décadas después, no existía ningún documento en el Comité de Cine que hablara de ese período ni de sus miembros. Sin embargo, de nuestro difícil encuentro surgió algo positivo, ya que desde entonces se gestó entre un grupo de amigos el proyecto de compilar y publicar la labor cineclubista en Cartagena de Indias.

 

Pero el motivo principal del enojo no era la falta de reconocimiento de su experiencia cinematográfica, -ya que Barrios Badel sabía y repetía: "que el cineclubismo es una ingrata, quijotesca y menospreciada actividad"- sino una carta que yo firmara días antes. Redacté la misiva en cuestión con el propósito de actualizar la base de datos del cineclub de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, puesto que ellos nos remitían todos los meses la programación a nombre de: "Señorita Émery Barrios", por lo tanto, les indiqué en un par de líneas que la mencionada señorita ya no dirigía el Comité de Cine.

 

Nunca supe si alguien le mostró esa carta, o si fueron las lenguas habilidosas del Corralito de Piedra quienes le informaron del contenido. Lo único seguro que se pudo constatar fue que el error nunca se corrigió, el folleto siguió llegando bajo la alusión de género femenino y por una conversación que sostuve en la esquina de la Escuela de Bellas Artes, la tesis de una broma entre gestores parecía bien fundada.

 

Después del incidente nos volvimos a ver muy seguido -y sin rencores- en la Sección Cultural de la Universidad de Cartagena, más exactamente, en la oficina de su gran amigo Freddy Badrán Padauí. Era la época en que el doctor Badrán, Jorge García Usta y Miguel Ángel Caballero, compartían un diminuto escritorio en la división de Bienestar Universitario que coordinaba Elena Lepesqueur.

 

Ahora pienso en Freddy Badrán y me embarga una gran melancolía, imagino la desolación, el terrible vacío que deja la partida de Émery en su alma, ese infinito dolor… tengo pesar por Freddy, los ojos se me aguan al igual que cuando escucho Que c'est triste Venise de Charles Aznavour y mis lágrimas tibias forman riachuelos incontrolables. Es que daba gusto verlos conversar con esa mágica complicidad, parecían hermanitos; cuando el doctor Badrán platicaba, el doctor Barrios movía sus cejas según las entonaciones de Freddy, y cuando Émery tomaba uso de la palabra, los ojos de Freddy se iluminaban como un niño que descubre la majestuosidad del universo.

 

II

 

La última vez que nos cruzamos fue en el parque Fernández de Madrid, me abrazó tan fuerte y durante un período tan largo, que yo miraba de reojo para ver quién nos veía, -pensé que nos iban a dañar la reputación con esa prueba de afecto-. Émery hablaba sin parar, lleno de euforia, agradecía -sin soltarme-  por la película que le había regalado, me decía que era magnífica, yo adjunté que era una obra de arte... ¡para que fue eso!.

 

¡Completamente de acuerdo Nico! -respondió entusiasta- y arrancó de nuevo. Los elogios iban y venían, también los adjetivos calificativos… ¡pero qué inteligencia!; ¡sin duda un filme cósmico!; ¡que delicadeza!; así es -añadí-, y Émery allí, estoico, pegado a mí con la infernal humedad cartagenera, disertando con esa pasión, con su fina ternura. De pronto hubo un silencio -yo imaginé que él me iba a soltar-... ¿cómo era la frase del documental? -preguntó- y enseguida respondió solito: "Los que tienen memoria son capaces de vivir en el frágil tiempo presente, los que no la tienen, no viven en ninguna parte".

 

La percepción cinéfila de Émery sobre Nostalgia de la luz, era la misma que yo profeso por dicha obra de Patricio Guzmán y fue el motivo principal de nuestra amistad. Las cintas que admiro, son las que él amaba, teníamos una especie de simbiosis estética que se extendía igualmente al complejo medio cinematográfico de la ciudad. Para continuar con el ejemplo de Nostalgia de la luz, yo obsequié cerca de veinte copias a cineclubistas, realizadores y amigos cercanos, pero todos me dijeron que era muy lenta, demasiado contemplativa, que le faltaba ritmo… al contrario de ellos, Émery vio el lado metafísico del largometraje, además del sentido político evidente, hay un sutil trazo espiritual que yo comparto.

 

Al principio de nuestra hermandad, me creí como El otro de Jorge Luis Borges, no en la acepción de que yo era Émery, sino que yo me volvería como él con el transcurrir de los giros al astro solar. Las similitudes entre nosotros eran numerosas: misma facultad; preferíamos el sonido del proyector al código de procedimiento civil; igual visión sobre el funcionamiento del Festival de Cine; mismo cineclub; la creencia en dimensiones paralelas; idénticos gustos fílmicos; proyectos de cortometrajes inacabados.

 

El doctor Barrios relataba con nostalgia que él fue el último en traer los carretes de Pier Paolo Pasolini a La Heroica, yo podría decir hoy lo mismo con Andréi Tarkovski y las copias vetustas en treinta y cinco milímetros que presentamos en el Castillo San Felipe. Émery se parqueaba en la puerta de la Universidad para hablar del cineclubismo en los años setenta, yo debería hacer como él con miras a dejar un rastro del movimiento en la década de los noventa.

 

Émery era un baúl de souvenires que soñaba en imágenes, era mi otro yo audiovisual, -pero claro está, de una generación anterior-, andaba siempre charlando del Comité de Cine, y además, el doctor Barrios vivía incansablemente estudiando el pretérito. Fue así que en aras de preservar el pasado, me llevó a su apartamento para mostrarme su técnica en la conservación de casetes VHS y pedirme consejo.

 

Con bolsas transparentes de Magali París, Émery envolvía magistralmente el casete, y luego de cerrar el estuche, pasaba un segundo plástico alrededor de la caja. ¿Crees que así el hongo no entra? -indagó-, es que hay vainas que yo tengo que no se consiguen por ninguna parte… yo estaba mudo, en ese momento vislumbré que no conocía a Émery, además del cine, su frenesí por la música y la literatura eran similares, pero sobre todo, su vida familiar y sus dos bellas princesitas me eran completamente desconocidas.

 

Aquel día capté porqué el doctor Barrios salía poco, entre sus clases, el litigio y las investigaciones sobre la cultura popular, Émery dedicaba las horas que le restaban a guarecer el castillo de sus princesas. Mi teoría borgiana se desmoronó, yo no iba a ser una especie de Émery II, ya que carecía de la inteligencia y el coraje para afrontar las dificultades que el destino de manera pertinaz interponía en su sendero.

 

Desde entonces para mí, Émery dejó de ser un ex-cineclubista nostálgico del celuloide y se volvió una especie de Superman, o mejor dicho, un Dios del Olimpo -para ser exacto-. Caminar una cuadra con él -que como muchos saben podía durar horas- pasó a ser un verdadero honor y una lección de humanidad absoluta.

 

III

 

Eran las seis de la tarde del jueves dieciséis de agosto. Estábamos cara a cara. Émery exhalaba un olor indefinible. Sus arrugas a flor de piel mostraban el inexorable paso de los años. En frente tenía a un ser extraordinario. La gente cuando lo ve queda hipnotizada por su hechizo. Yo le hablo, pero él no me responde. Lo estrecho y oigo sus latidos… cientos de murmullos parecen despertarse. Cierro los ojos y me dejo llevar. Es un instante místico. Sus poros respiran el origen del mundo. Yo me siento feliz, en paz.

 

Estoy en la inmensidad del bosque francés de Bercé, en una región que los romanos bautizaron hace dos milenios bajo el nombre de Carnuta. Émery es uno de los habitantes de la reserva natural, Émery es un roble albar de casi tres siglos, alto, juicioso y encantador. Sonrío y pienso -esta no se la sabe el doctor Barrios-, tomo algunas fotos para enviárselas por correo electrónico y continuo filmando otros árboles para mi documental experimental.

 

Me alejo del célebre roble, pero de repente me asalta un extraño presentimiento... un aroma de higos maduros impregna el ambiente, tengo escalofríos. Me volteo para ver el árbol, y sus hojas que tocan el firmamento, se mueven rítmicamente como un danzón caribeño.

 

A la mañana siguiente, me desperté pensando en una sucesión de letras: babaem, que corresponde al e-mail de Émery Barrios Badel, y desde el sábado diez y ocho, a cada rato pensaba en el doctor Barrios. El problema consistía en que yo andaba de viaje rodando una película que a nadie le interesa, deambulando sin celular, y lejos de un computador con acceso a internet.

 

Cuando regresé a Marsella, leí un artículo de Lorena Puerta Vergara sobre su desaparición y quedé literalmente tieso… ¿y ahora que hago yo con esas fotos?; ¿quién puede comprender toda la amplitud lúdica que significó nuestra disputa por el nombre de Émery?; ¿qué voy a hacer con la copia restaurada de Las estaciones de Artavazd Pelechian?; ¿en adelante quién me llamará a gritos por la calle Segunda de Badillo?; ¿ahora quién hablará al unísono de Werner Herzog con alguien que está a su derecha y del son cubano en el siglo XIX con alguien que está a su izquierda?.

 

Cartagena de Indias quedó desamparada, el centro amurallado parece un navío a la deriva, las callejuelas son grises, los dulces del Portal perdieron su sabor, el Cuartel del Fijo se puso en huelga. Émery se fue dejando a todo el mundo huérfano… en unos lustros cuando la congoja disminuya, algunos lo recordarán y un hachazo abrirá sus corazones. Yo en cambio lo buscaré por las esquinas, lo esperaré sigiloso en cada rincón, y cuando uno de esos Émery -como en la serie Sliders- pase a mi lado venido de otra dimensión, lo abrazaré y le mostraré las fotos del roble que tomé especialmente para él. Ese árbol simboliza por su verticalidad el eje del universo y la comunicación entre los mundos, Émery lo intuía, por eso escribía sin cesar historias de seres paralelos que se cruzaban, o que no podían encontrarse, era su manera de decirnos que él estaría siempre con nosotros, por allí, en alguna parte.

 

 

 

    Con el roble

29 avril 2012 7 29 /04 /avril /2012 12:47

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Nicolás ROMÁN BORRÉ

Réalisateur, ciné-clubiste et membre de CIN-CO « Cinéma et Coopération »

 

Traduction : Maurice AUDIBERT

 

C'est un point assuré plein d'admiration,

que le haut et le bas sont une même chose.

Hermès Trismégiste

 

Tout animateur de ciné-clubs qui se respecte s'est risqué un jour ou l'autre dans une rétrospective téméraire du cinéma muet hongrois, soviétique, japonais ou étatsunien. Peut-être les affiches annonçaient-elles Berlin Alexanderplatz de Fassbinder sans coupe ni repos, ou la projection de l'une des interminables œuvres filmiques d'Andy Warhol.

 

Le plus probable était que la lampe du vieux projecteur Eiki brûlait au beau milieu de la projection, mais que nous fîmes discrètement le nécessaire pour continuer en dépit des ronflements du monsieur qui vient toujours dormir au ciné-club ou de l'absence de spectateurs.

 

Dans ce dernier cas, que devons-nous faire si la salle est vide ? Éteindre le matériel ? Allumer la lumière de la salle ? Ou attendre que quelqu'un de plus se décide à venir ? Et s'il n'y a personne au début de la séance, on ne projette pas le film ?

 

Je sais qu'en cet instant même, quelques uns de mes lecteurs sont en train de sourire. Ils se sont en effet trouvés eux aussi confrontés au même dilemme éthique : annuler une séance. Nous sommes entièrement d'accord : même si l'objectif n'est pas de remplir la salle -l'essentiel étant l'éducation du spectateur à travers les classiques ou les œuvres contemporaines novatrices-, il n'est pas agréable de se retrouver face à une salle qui renvoie l'écho de nos pas.

 

Je me souviens de la première fois où je me suis posé cette question. Ce jour-là, nous présentions Naissance d'une nation de David Wark Griffith et le film terminé, il n'y avait personne autour de moi. Pour être sincère, un sentiment de déception me saisit, voire de tristesse au vu des gros efforts consentis pour présenter ce film dont la copie nous était arrivée directement de New York.

 

Je ne comprenais pas, il s'agissait de quelque chose de monumental, il y eut même un long article dans la presse locale. Nous avions collé des affiches dans toutes les universités, le signataire de ces lignes s'était fendu d'une super présentation digne de Cicéron... et pourtant pas un seul spectateur ne semblait tenir le coup jusqu'à la fin. Je les voyais un à un défiler dans la pénombre, ils fuyaient comme s'il s'était agi d'une chose horrible. Mais je ne perdis pas espoir, car au fond de la salle, deux personnes présentes paraissaient avoir compris l'importance historique du film.

 

Mais que non, je m'étais trompé ! Ces deux personnes disparurent, je ne vis finalement plus personne, j'étais seul dans la salle. La question de savoir si cela valait la peine de terminer un cycle de cinéma dans ces conditions me tournait dans la tête... lorsque je sentis tout à coup une main se poser amicalement sur mon épaule et que j'entendis un mélodieux « Merci pour la projection ». Plein d'espoir, je levai les yeux pour voir mon interlocuteur, et rien. Je regardai à droite, à gauche, je courus jusqu'à l'allée et rien, personne. Un profond silence avait envahi l'amphi et j'eus la chair de poule, le cœur battant à se rompre, bref j'étais mort de peur !

 

Aujourd'hui, je ne me souviens pas avoir rangé le matériel ou éteint les lumières cette nuit-là. Tout ce que je sais c'est qu'en un rien de temps après, je marchais dans les rues pour rentrer chez moi, souriant comme un idiot à tous les passants inconnus auxquels je me cognais.

 

Les semaines s'écoulèrent; je me disais que j'avais inventé ce qui s'était passé, que j'avais tout imaginé, en définitive que tout était absolument irréel. Je n'en parlai à personne -surtout pour éviter le ridicule- et tentai de vivre tranquillement, me consacrant à ma vie quotidienne. Mais la paix ne dura qu'un court moment, jusqu'à ce que notre ciné-club organise une programmation sur le cinéma des années 90 dans l'auditorium de l'Université de Carthagène.

 

Étant le responsable des séances, il me fallait vérifier une heure avant chaque projection que tout était en ordre, faire les essais de son, baisser le rideau, allumer le projecteur, photocopier le programme, etc. En entrant par la porte de service, je fus surpris de voir que quelques spectateurs se trouvaient déjà là, mais ne leur prêtai pas autrement attention. Puis, je branchai le matériel et soudain cette pensée me vint : comment était-ce possible qu'il y ait du public puisqu'il n'était pas encore l'heure et qu'en outre, j'avais dans ma poche les clés de la salle ? Je tournai donc le visage vers l'assistance et me trouvai alors face au vide.

 

Mon visage prit la pâleur du carrelage de l'auditorium* et mes mains devinrent moites... mais je ne bougeai pas. Je demeurai immobile comme lorsque je jouais, enfant, à la statue. Cette fois-ci, je n'étais pas mort de peur, j'étais plutôt pétrifié ! Et si la première fois, j'étais épuisé, s'il était tard, si le film à cause de son rythme était compliqué à assimiler, je n'avais maintenant aucune excuse : douché, frais, bien éveillé et absolument conscient.

 

Les minutes passèrent et j'étais toujours rigide. J'espérais qu'un camarade du ciné-club vînt à mon secours. Mais rien, de nouveau personne à coté de moi, j'oubliai jusqu'à mon nom. Peu à peu le calme revint, mes joues retrouvèrent leur couleur, mes muscles leur activité, mon cerveau se remit en marche et j'en profitai pour sortir précipitamment respirer l'oxygène marin et humide de Carthagène des Indes, stimulant avec ses senteurs de mer.

 

J'essayais de mettre les choses en perspective. Je me disais à moi même que j'avais halluciné tout simplement, qu'il s'agissait peut-être d'un problème freudien non résolu lors de ma prime enfance, de quelques neurones paresseux qui envoyaient messages et codes erronés. Bref, je pris la décision de ne pas entrer dans la salle jusqu'à l'arrivée d'un collègue, mais mes réflexions furent interrompues par une voix qui susurra : « N'aies pas peur, nous sommes venus voir le film ».

 

Ayant étudié la médecine légale et la psychiatrie, et reconnaissant que j'entendais des voix, je compris qu'il y avait vraiment un problème. Mon subconscient répétait sans arrêt : « C'est grave, mon vieux ! ». Cependant, mon auto-analyse perdit tout caractère rationnel lorsque j'entendis de nouveau ces compagnons immatériels me disant : « Tranquillise toi, nous sommes cinéphiles ».

 

Le mot magique fut prononcé au bon moment : « cinéphiles »... c'est à dire qu'ils étaient des esprits amoureux du cinéma comme moi, la différence étant qu'ils étaient d'une autre dimension. La chose me sembla plus cohérente, plus logique, plus rassurante : ils ne venaient pas assister à ma mort ni régler des comptes. Et la panique disparut, comme leurs visages vaporeux.

 

Les années passèrent, les cycles continuèrent à se succéder, comme les institutions qui nous hébergeaient : la Maison d'Espagne, le Club Vlad, la salle de conférences de la Faculté de Droit, le Musée Naval des Caraïbes, le Musée d'Art Moderne, l'École des Beaux Arts, le Quiebracanto, l'Université Jorge Tadeo Lozano, l'Alliance Colombo Française, le Château-Fort de San Felipe, plusieurs Théâtres et Centres Culturels, l'Université Libre, les places de la vieille ville, ainsi qu'une liste variée de quartiers populaires. Nous créâmes un groupuscule subversif de l'image qui affrontait avec toutes les armes idéologiques du Tiers-Monde l'empire asservissant du cinéma commercial. Documentaires, cinéma classique, tests d'endurance cinéphile avec des films impossibles, des travaux expérimentaux, des conférences, des forums, des tables rondes, des articles, des bulletins, des chroniques et jusqu'à des lectures de poésie firent partie de nos activités.

 

Voilà pourquoi maintenant, lorsque la valeur de l'activité des ciné-clubs est mise en question à cause du manque de public, je crois nécessaire de souligner que notre travail va au-delà -au sens littéral et métaphorique !- de la salle où nous projetons ou discutons une œuvre. En tous ces lieux, peu importe le titre du film, la simplicité et la vétusté du matériel, les connaissances sur le film à présenter, Ils nous accompagnent toujours dans notre combat. Eux, les cinéphiles inconditionnels de l'autre monde.

 

 

 

 

*L'auditorium de l'Université de Carthagène est uniformément recouvert d'une couleur ocre, des rideaux aux sièges en passant par le carrelage, lui conférant une persistante ambiance psychédélique. Ce lieu est rempli d'histoires sur les êtres qui circulent dans ses allées. Lorsqu'on parle avec les veilleurs de nuit, diverses anecdotes de ce genre apparaissent autour de l'auditorium. 

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